Las siete esquinas

El gran fracaso educativo

Ninguna propuesta educativa tendrá sentido si no se propone un gran pacto de Estado que cambie el modelo educativo
de arriba abajo, desde la enseñanza preescolar hasta la universitaria

29.10.2015 | 05:00

Una vez, no sé a cuento de qué, les pregunté a mis alumnos americanos si conocían la historia del Diluvio Universal. Todos contestaron que sí. Después les pregunté si sabían quién era Noé, el constructor del Arca. También me contestaron que sí, y algunos hasta me dieron explicaciones muy divertidas sobre el patriarca bíblico («La Biblia dice que Noé llegó a vivir 950 años, y eso que le gustaba mucho el vino y se emborrachaba a menudo. Procuraré seguir su ejemplo por el bien de mi salud», me dijo un chico de New Jersey que estudiaba Economía). Esos alumnos venían de lugares muy distintos –Carolina del Sur, Arkansas, Colorado, Manhattan– y habían estudiado en centros de todo tipo –públicos, privados, laicos, cristianos, judíos–, pero todos demostraron conocer muy bien la Biblia y todas las historias y personajes que conforman uno de los mayores tesoros de la cultura universal. Pero si se hiciera esa misma pregunta a universitarios españoles, habría un porcentaje muy alto que no tendría ni idea del Diluvio ni de Noé. De hecho, les pregunté una vez a unos estudiantes de Derecho si habían leído el mito evangélico de los Reyes Magos y me contestaron que no. Y lo único que sabían de los Reyes Magos era lo que habían oído en la televisión o les habían contado sus amigos y familiares. Es decir, que todo lo que sabían se reducía a la parte anecdótica y comercial de la cabalgata de Reyes y los regalos para los niños. Y nada más.
Hay gente que pensará que
ese desconocimiento de todo lo que se refiera a la Biblia y a la tradición cristiana es un gran logro de nuestro sistema educativo, pero cualquier persona con dos dedos de frente sabrá que es una catástrofe. Ni Dante ni Rembrandt ni Miguel Ángel se pueden entender si uno no conoce bastante bien las enseñanzas bíblicas. Y no me refiero, y que quede claro, a la enseñanza obligatoria de la doctrina religiosa en los colegios como simple adoctrinamiento moral. Para nada. Me refiero a que cualquier estudiante mínimamente preparado debería cursar una asignatura de Historia de las Religiones. Y lo mismo que se debería enseñar la historia de la religión cristiana, también se deberían enseñar la judía y la musulmana y la budista. E insisto una vez más en que esa enseñanza se debería hacer de forma razonada, o incluso crítica, y sin hacer proselitismo alguno a los estudiantes. El mito de Adán y Eva, la torre de Babel, el Diluvio, la peregrinación de Mahoma a La Meca, la reencarnación de las almas o el Talmud: todos estos mitos religiosos deberían resultar familiares para cualquier alumno medio.

Ya sé que lo que estoy pidiendo es imposible y que probablemente seguirá siéndolo durante muchos años. Tal como está concebido nuestro sistema educativo –uno de los peores de Europa, se mire como se mire–, es imposible que unos alumnos que apenas saben leer diez líneas sin sufrir una conmoción cerebral puedan adquirir unos conocimientos mínimos sobre los mitos bíblicos que nos han enseñado a entender el mundo. La LOGSE de 1992 estaba cargada de buenas intenciones, pero era una ley demasiado ingenua que no tuvo en cuenta la importancia de la lectura comprensiva y que desdeñaba la memorización o el afianzamiento de los aprendizajes básicos porque los consideraba reaccionarios (el gran problema de esa ley fue su excesivo dogmatismo ideológico). Y como consecuencia de ello, nuestros alumnos aprenden a leer demasiado tarde, hay demasiadas asignaturas –y algunas son demasiado técnicas o especializadas–, y además el paso de ciclo se hace a una edad muy poco adecuada –los doce años–, ya que muchos niños tienen miedo de pasar del colegio al instituto, lo que les crea inseguridad y falta de confianza en sí mismos. Y sobre todo, la LOGSE no tenía en cuenta –y lo mismo ha pasado con las leyes que la han sustituido– que los alumnos necesitan llegar al segundo ciclo obligatorio con un nivel muy alto de lectura comprensiva y de matemáticas, cosa que no se ha conseguido en absoluto, sino más bien todo lo contrario. Es decir, que nuestro sistema pretende que unos alumnos que apenas entienden lo que leen y que tienen problemas graves para hacer operaciones matemáticas sencillas consigan entender Tirant lo Blanc o sean capaces de despejar ecuaciones de segundo grado.

Digo esto porque ninguna propuesta educativa –venga de donde venga– tendrá sentido si no se propone un gran pacto de Estado que cambie el modelo educativo de arriba abajo, desde la enseñanza preescolar hasta la universitaria, y desde los temarios de las facultades de Magisterio y Pedagogía hasta el método de selección del profesorado. Y este nuevo modelo, inspirado en los sistemas educativos que funcionan bien en el mundo, debería estar en vigor al menos 30 años, con independencia de los partidos que ocupasen el poder. Y a ser posible, ese nuevo modelo no debería olvidar la historia de las religiones, ni la filosofía, ni la historia, ni cualquier otra faceta de las Humanidades que nos hagan un poco menos burros y un poco menos salvajes de lo que somos.

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