En solo 725 palabras...

Miedos, disfraces y pipí nocturno

04.11.2015 | 05:00

Hace pocas lunas, buscando algo que no encontré, encontré algo que no buscaba. O sea, como la vida misma... Mi hallazgo fue una vieja fotocopia de una frase manuscrita, en francés antiguo, que tiene toda la pinta de ser una de las Máximas de François de la Rochefaucauld. La frase decía: solo a los grandes hombres les pertenecen los grandes defectos. Y tardé cero-coma-dos en decirme en voz alta: ¡Falso!

–¿Me hablas a mí...? –preguntó mi mujer, a lo lejos.

–No, le hablo al duque rebelde –contesté.

–¿A qué duque...? –insistió.

–Déjalo, después te lo cuento –era mester no llegar al diálogo de besugos.

Si no fue para justificarse ante sus muchas damas enamoradas, el príncipe de Marcillac la pifió aquel día. De otra manera resultaría que todos nuestros políticos son grandes hombres, y va-a-ser-que-no, aunque sería hermoso. Uno, que ya tiene perspectiva y que para estos asuntos no es demasiado exigente, solo conoce a dos políticos a los que sus grandezas los hacen grandes hombres. De entre los otros humanos –nosotros, los de a pie– conozco algunos más, pero tampoco son multitud. Pareciere que ser gran hombre no es tarea fácil en estos tiempos. ¿Cuántos individuos/as conoce usted, paciente lector, que no vayan permanentemente disfrazados de lo que no son? ¿Y usted, qué...? No, la cosa no es nada compleja, ni especial: empieza un día madrugador de nuestra vida en el que nos enmascaramos para no mostrar el plumero propio, sino el que nos gustaría tener para contentar al respetable... Y, a quo, nos perpetuamos en el disfraz por los siglos de los siglos –amén–, y terminamos por ser quien no somos. Por más que ahonde en este asunto, nunca deja de sorprenderme ver cómo nos declaramos incapaces de perdonar a un conocido que nos engaña o a un amigo que nos traiciona, mientras nosotros nos «demostramos» cómo de felices somos mientras nos engañamos/traicionamos a nosotros mismos? ¡¿Es o no es de locos, oiga...?!

Conozco a alguien al que un día, de madrugada, un sueño lo invitó a deshacerse de su máscara inconscientemente. Y cuando un pipí nocturno lo impelió a ir al baño, al entrar, se vio en el espejo y, despavorido, corrió a despertar a toda la familia y a llamar a la policía: ¡en su cuarto de baño había un desconocido...! Tener el anaquel de la memoria vacío de nosotros mismos no es nada inusual, por eso es muy común que a veces reconozcamos tener mala memoria, pero nunca reconozcamos tener mal juicio. ¿Qué cuántas veces nuestro juicio es infinitamente más lábil que nuestra memoria, por flaca que esta sea? Jo, muchos montones de veces...

Nuestra retahíla de miedos: al rechazo, al fracaso, al compromiso, al abandono, a la pérdida... hacen que a lo largo del camino confundamos obstáculos con objetivos. Así, cuando de camino al objetivo nos tropezamos con un obstáculo que nos toma tiempo y/o esfuerzo salvar, terminamos interpretando que nuestro objetivo es saltar el obstáculo a cualquier precio. Y cuando lo saltamos a cualquier precio casi siempre ocurre que el camino hecho se convierte en un camino inútil y enemigo para el objetivo primigenio.

¿Que qué ocurre cuando son los padres patrios –da igual la tribu– los que se empeñan con ardor patrio en el objetivo de defender al ciudadano-persona y su bienestar y su salud y su educación y su crecimiento..., y para ello se disfrazan convenientemente? Pues lo mismito: que cuando en el camino se tropiezan con obstáculos a los que convierten en objetivos en sí mismos, y los saltan a cualquier precio, ocurre que el obstáculo como objetivo anula y sustituye al ciudadano-persona como objetivo. Y, claro, pasa lo que pasa...

La inteligencia emocional –al arbolito desde chiquitito– adiestra para no confundir objetivos y para negociar los miedos, por eso, gane quien gane las elecciones generales, y más allá de quién haya partido la idea de institucionalizar la inteligencia emocional como asignatura, sería hermoso –e inteligente– que todas las tribus aspirantes al paternalismo patrio asumieran la asignatura de inteligencia emocional como objetivo. Esta medida garantizará personas –y líderes, por tanto– menos o nada predispuestas a los disfracitos tóxicos y traicioneros.

Hoy, el turismo mundial está en Londres, de feria, y prometí no escribir de turismo durante las ferias. Y uno cumple?, aunque de disfraces graciosillos el turismo no está mal servido. ¡Anda que no?!

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