Tribuna

La revolución pendiente

04.11.2015 | 05:00

El que la sociedad española aguante sin rechistar que se gaste el dinero de sanidad, educación y pensiones en rescatar bancos arruinados por corrupción es signo de anemia intelectual. Si además los infractores responden con recochineo desahuciando a quienes previamente habían estafado es que se ha perdido la dignidad. La cultura es como el sistema inmunológico que defiende al organismo de agentes nocivos. Un pueblo sin cultura deja de tener personalidad y puede ser manipulado por cualquiera, es como si padeciera un síndrome de inmunodeficiencia social que le hace vulnerables a todo tipo de noxas.

La revolución es un reflejo de la inteligencia no de los cojones. Por las bravas se levantan los militares contra las democracias, pero para organizar la convivencia se necesita educación y conciencia lo que implica conocimiento. Los poderes económicos han procurado siempre apoyar revoluciones pacíficas como la de Jesús de Nazaret o la de Mahatma Gandhi que hacen virtud del ayuno y otras debilidades humanas, cuando de lo que se trata es de comer, de que coman todos y no solo los que predican la pobreza como medio de salvación.

La revolución pendiente no es la de los parias ni la de los pobres de espíritu, es la de los derechos humanos y la equidad. La que supere el espectáculo del gobierno mafioso de los grupos de presión que manejan el electorado inculto. Es la que tiene que capitanear la clase media con su mayoritario sentido común. Para ello se requiere escuela pública sin contaminación religiosa y profesorado competente. España es un país de buenos pedagogos y de malos sistemas de selección. El Cantar del Mío Cid escrito alrededor del 1200 ya denunciaba la falta de liderazgo: Dios, que buen vasallo sería si tuviese buen señor. Lo que añoraba el autor del poema es algo que ahora está en manos de los electores.

Los sociólogos utilizan tablas elaboradas con encuestas y estudios engorrosos para evaluar los comportamientos de las poblaciones pero no hace falta investigar demasiado para darse cuenta que la suciedad de las ciudades correlaciona con la de los que las dirigen. Contando las porquerías de perro que te encuentras por la calle se deduce las que se esconden debajo de las tarimas de los regidores. En un país donde la gente no tirara papeles a las aceras los políticos se lo pensarían dos veces antes de mentir. No consiste más que en educar ¿o es que alguien medianamente educado no cree que el dinero dado a los bancos estaría mejor invertido en servicios sociales?

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