La Mirilla

Demo de cracia

11.11.2015 | 01:22

Desde que me mudé a Málaga, allá en 1999, cuando la mujer de Arriola y el fragor del aznarismo, he ido escuchando dos sentencias que, al parecer, y pronunciadas entre grandes muestras de excitación e, incluso, de violencia, constituyen lo más aproximado a la verdad apodíctica que nunca se ha visto en esta tierra: que nadie votó al partido de Gil en Marbella y que toda la provincia se abonó en masa al Málaga en la época que el equipo, en frenético vodevil, perdió la categoría y descendió a tercera. De la primera, no hay mucho que decir, si es cierto lo que se oye en las calles, Jesús Gil tuvo que auparse al poder a través de uno de esos famosos quiebros de Futre que arramblaban con todo, incluidos los defensores y las bolsas de la compra con la cara de Zarrías. En cuanto al Málaga, yo, como Bendodo, evito entrar en polémica: quién sabe, lo mismo fue así y hubo que construir un estadio supletorio para acoger a los miles de abonados que acudían con entusiasmo a ver al Mármol Macael o al Adra. En política uno de los gags más recurrentes consiste en poner a parir la transición por su blandura y sus concesiones, pero a menudo se olvida el otro lado de la parte contratante. Tiene el español una tendencia congénita a entrar a las cosas a las bravas, lo mismo da que sea un casino que la democracia y en el viaje se olvida que ser ciudadano conlleva también aprendizaje y obligaciones. En los últimos cuarenta años España ha dejado de lado la pedagogía, pasando del examen sesudo al infantilismo. Pronto va a resultar que con la corrupción y expedientes como el de Marbella ocurrió como con los nazis en Alemania, que nadie en realidad estaba allí ni vio nada. Buena parte de la culpa de que el país sea de sainete y furiosamente cavernario la tiene el hecho de la inmadurez democrática. En España se permiten bravuconadas que difícilmente sobrevivirían en un país moderadamente serio: partidos que se ríen de las víctimas de la dictadura, presidentes que no admiten preguntas y hasta cargos de pueblo que se parapetan en un mínimo de cinco filtros antes de atender a un periodista. Somos una nación intolerable llena de gente intolerable en la que se defiende un sistema a capa y espada sin entender verdaderamente lo que significa. Y en eso casi nadie se libra. Vivir en democracia está muy bien, pero para ejercer se requiere educación, que es muy cansado y excluye los sentimentalismos.

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