Tribuna

Independentismo ¿friendly?

Qué hacer ante la declaración de insurgencia del Parlamento catalán

12.11.2015 | 05:00

Lo que ha sucedido (suceso es el término más adecuado) en el Parlamento catalán, no es solo una declaración de independencia sino además de insurgencia y, para llamar a las cosas por su verdadero nombre, convierte al pretendido «independentismo friendly» en «independentismo insurgent». A la burguesía catalana de siempre le han salido unos hijos antisistema que, unidos a los «payeses» del interior profundo, se han coaligado para arrastrar a la gente corriente al viaje hacia esa parte en que las élites (siempre he creído que el nacionalismo es una mercancía de élites) se hagan más dueñas de su exclusivo (y excluyente) país. Eso se aprecia hasta en las formas de un independentismo que está mudando de los trajes del Corte Inglés a las camisetas del barrio del Born; en esos chicos con gafas coloridas de patilla recta que se han descubierto daneses y miran por encima del hombro, que convierten la diferencia en preeminencia y practican el fraude social con las espaldas bien cubiertas para cuando vayan mal las cosas. Ya se han hecho tantas consideraciones en clave política que solo cabe abundar en la clave psicológica de este «independentismo en el diván», capaz de imaginar todos los agravios y de ignorar todas las asimetrías. Las asimetrías de un modo de relación que cuenta con un himno para aplaudir y otro para silbar, que considera libertad de expresión abroncar a un jefe de Estado y no tolera la más leve desaprobación a un jugador del Barça, que establece como democráticos los derechos de su mitad mientras deja orillados a los de otra mitad al parecer sin derechos, que invoca diálogos que acalla a voces, que ha alcanzado ese refinado grado de maldad que consiste en presentarse como propietarios de la bondad en exclusiva. Es un independentismo como el de quien en una comunidad de vecinos decide dejar de pagar las cuotas, incumplir las reglas, imponer sus normas, afirmar la soberanía de su piso frente a la del conjunto y? además, se queja de los vecinos. Un independentismo que quiere jugar el partido en el campo que en cada caso convenga, a la carta, «sui generis» para no establecer fronteras económicas y mantenerse en el euro, para construir un nuevo Estado pero sin cambiar de pasaporte (español). Y todo unilateralmente, negando y desafiando la ley, llamando a la insurgencia. Nadie se había atrevido nunca a tanto (ni en Escocia ni en Quebec, tan inspiradoras en otros tiempos) ni nunca como ahora había llegado a tal dislate lo que se presentaba como un «independentismo friendly», conducido por cínicos personajes sin reparos para la argucia, el engaño y el ventajismo, eso sí, recubiertos de buenos modos y a ser posible con una sonrisa. Pero ya no es tiempo para bromas. Para la broma de que decidan unilateralmente ellos lo que también a mi me afecta; de que me retiren el derecho a decidir que tanto invocan. Para la broma que no toleraría ningún Estado europeo de dejarse arrebatar el 20% del PIB y hacerlo, además, con una complaciente sonrisa. Pese a todo, no me cabe duda de que tiene que haber en las respuestas la proporcionalidad que no hay en el desafío. Proporcionalidad, sí, pero también determinación y firmeza. En los descabalados propósitos del independentismo imagino que el próximo peldaño está en hacerse «con el cofre del tesoro» (la agencia tributaria catalana). Por eso, entre las proporcionadas respuestas, deberían contemplarse las vías para que el dinero que los ciudadanos y la sociedad catalana necesitan lo reciban directamente del Estado español que, por el momento, es quien está evitando la quiebra a que conducen tantos despropósitos.

*Juan A. Vázquez es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad

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