Las siete esquinas

Hacia Kosovo

Lo que se aprobó en el Parlament, en medio de una sesión que dio vergüenza ajena, fue una independencia que en el mejor de los casos llevará a Cataluña a disfrutar del mismo estatus jurídico que Kosovo, y en el peor, acabará con una suspensión de la autonomía y con una nueva derrota

12.11.2015 | 05:00

En febrero de 1939, cuando las últimas unidades del ejército republicano en Cataluña cruzaban la frontera francesa, la unidad del comandante Joan Sales llegó al puesto fronterizo de Prats de Molló. Las tropas del comandante Sales llevaban semanas recorriendo a pie el norte de Cataluña, huyendo de las tropas franquistas que les pisaban los talones, y apenas habían podido comer ni descansar en todo aquel tiempo. Muchos hombres estaban heridos y otros ni siquiera podían tenerse en pie. Pero al llegar a la frontera, el comandante Sales ordenó formar a sus tropas, mandó desplegar las banderas –la republicana y la catalana– y las hizo entrar en Francia con toda la solemnidad que fuera posible: marcando el paso y en perfecta formación. Los gendarmes franceses, sorprendidos por lo que veían, rindieron honores a aquellos soldados desharrapados que se habían propuesto entrar en Francia como si estuvieran participando en un vistoso desfile militar. No han quedado imágenes de aquel hecho, pero si esas imágenes existiesen, tendrían la grandeza de una secuencia de John Ford.

¿Por qué hizo aquello el comandante Joan Sales? Por una razón muy sencilla: porque sabía que sus tropas habían perdido la guerra, así que Cataluña –la Cataluña por la que él había luchado y se había jugado la vida– estaba perdida, y tal vez para siempre. Pero justamente por eso, él se propuso que sus tropas cruzasen la frontera con toda la solemnidad posible: no como un grupo de soldados que huían como conejos, sino como una unidad militar que todavía estaba en condiciones de pelear. Porque el comandante Sales no quería que su unidad saliera de Cataluña dando una imagen vergonzosa de miedo y de derrota. Si sus soldados entraban en Francia como un simple grupo de fugitivos en desbandada, la derrota de sus tropas y la derrota de Cataluña habría sido una derrota mucho más humillante y mucho más dolorosa. Y él no quería darle al enemigo esa doble satisfacción. Y además, el comandante Sales sabía que hay momentos en la vida, cuando creemos que todo está perdido, en que todos estamos obligados a demostrar que de ningún modo nos merecemos la derrota. Y por eso mismo estamos obligados a hacer algo que de algún modo nos redima de esa derrota. Y eso que hacemos, mientras viva un solo testigo de lo que hicimos, podrá servir para justificar toda nuestra vida, por muchas derrotas y por muchas afrentas que hayamos sufrido.

Andando el tiempo, el comandante Joan Sales acabó siendo el novelista Joan Sales, autor de Incerta glòria –una de las más grandes novelas que se hayan escrito nunca sobre la guerra civil–, y también el editor que publicó a Llorenç Villalonga y a Mercè Rodoreda, de quienes fue muy amigo y con quienes intercambió una correspondencia que vale su peso en oro. Pero si lo he citado aquí, es porque Joan Sales era nacionalista e independentista, y si luchó durante la guerra civil en la columna Macià-Companys –y más tarde en el ejército popular de la República–, fue porque soñaba con que algún día ocurriera lo que ocurrió en el Parlament de Catalunya. Joan Sales murió en 1983 y llegó a conocer los primeros tiempos del restablecimiento de la Generalitat. Y como persona inteligentísima que era, siempre fue muy crítico con Jordi Pujol y se fiaba mucho más de Josep Tarradellas, aunque era independentista o al menos soñaba con una Cataluña que tuviera un Estado propio.

El lunes, el Parlament de Catalunya aprobó la moción que iniciaba el proceso de independencia de Cataluña. Pero al ver y escuchar lo que se dijo en el Parlament, me acordé del batallón de Sales que entró en Francia marcando el paso y con las banderas desplegadas, porque Sales no quería que nadie confundiese a sus hombres con un grupo de soldados derrotados. Joan Sales sabía que hay circunstancias en la vida que requieren solemnidad, porque sin solemnidad los hechos de los hombres pierden toda su carga simbólica y al final no acaban siendo nada. Y Joan Sales también quería que el sufrimiento y las esperanzas de la gente sirvieran para algo y no se sacrificasen en vano. Pero lo que ayer se aprobó en el Parlament, en medio de una sesión que dio vergüenza ajena, fue una independencia que en el mejor de los casos llevará a Cataluña a disfrutar del mismo estatus jurídico que Kosovo, y en el peor, acabará con una suspensión de la autonomía y con una nueva derrota como la que vivió el comandante Sales en 1939. ¿Valía la pena hacer las cosas así? ¿Valía la pena poner en marcha un ´procés´ que no tenía garantías jurídicas de ninguna clase y que va a acabar de una forma humillante y vergonzosa? ¿Valía la pena jugar de este modo con las ilusiones de mucha gente? Por supuesto que no, y me temo que Joan Sales –si hubiera estado vivo– se habría tirado de los pelos al ver los pésimos modales y la pésima retórica con que se proclamaba ayer algo tan solemne como una nueva república catalana. Churchill se repasó los endecasílabos de Shakespeare para sus grandes discursos de 1940, cuando las bombas alemanas caían sobre Inglaterra, pero lo que se oyó el lunes en el Parlament parecía más bien una celebración de amiguetes en una barra de bar, justo en el momento en que iban a hacerse un selfie porque a uno de ellos le habían tocado 2.000 euros en el cupón de la ONCE. Y uno se pregunta: ¿se merece la independencia alguien que se comporta así?

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