Tierra de nadie

Languidecemos

15.11.2015 | 05:00

En la primera página de un libro ya percibes si hay o no hay atmósfera y, en caso de haberla, si te pertenece. Entiendo por atmósfera la capa moral en la que se desenvuelve la vida de los personajes. Esa capa no se crea, en la mayoría de los casos, de un modo consciente, sino que surge como un exudado de la acción. No hay momento más feliz para el lector que aquel en el que toma un volumen de la mesa de novedades de una librería, lo abre, lee las primeras líneas y su olfato recibe un aliento que le resulta de forma simultánea familiar y extraño. Familiar porque en esa escritura reconoce lo que busca, y extraño porque no es fácil dar con un conjunto de valores a los que uno se acomoda o incomoda de manera inmediata. Entrar en un libro del gusto de uno se parece mucho a entrar en una casa que no conocías, pero que la haces tuya desde que te abren la puerta.

Hay temporadas en los que el ejercicio de leer se vuelve áspero, no siempre por culpa de los libros. El caso es que no halla uno nada que lo conmueva. Leemos, sí, cosas que nos interesan, pero de las que solo disfrutamos con nuestro costado racional mientras el irracional aúlla por falta de alimentos. Es frecuente que en esas ocasiones volvamos a los clásicos, a nuestros clásicos, que no siempre coinciden con los del canon. Languidecemos, en fin, hasta que un día, de súbito, llega a nuestras manos una novela cuya atmósfera nos proporciona un alivio semejante al que siente un pez devuelto al agua después de haber sido capturado. Me ha ocurrido recientemente con El Comensal, un relato breve de Gabriela Ybarra, una primera novela de una joven de 32 años cuya pericia narrativa es, cuanto menos, sorprendente.

El Comensal pertenece al género de la pérdida y del duelo por la pérdida. Se nuclea en torno a dos muertes, la del abuelo paterno y la de la madre de la protagonista. Dos muertes que en principio nada tienen que ver entre sí, pero que se anudan de forma enigmática en la conciencia de la narradora. Leyéndola se asiste una vez más a ese misterio por el que la vida de otro, que poco o nada tiene que ver con la tuya, deviene en una cuestión de orden personal. Como si, más que una novela, se tratara de una carta dirigida a ti.

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