La quinta columna

Los ojos de Atapuerca

Esos ojos secuestrados por su propia infancia no hacen más que repetir los susurros de los huesos prehistóricos que han contemplado

19.11.2015 | 01:18

Un funeral es buen momento para hacer balance de uno mismo. Mientras el ataúd preside la memoria, los presentes analizan interiormente el debe y el haber de su vida. Lo habitual es encontrar carencias en la autoestima y un cúmulo de tiempo desperdiciado o de oportunidades perdidas. El accionista interior emite un juicio implacable ante el destino de nogal o de cedro que contempla: es preciso cambiar.

En la sala suena un estribillo viciado: «Así es la vida», «Hay que aprovechar mientras esté uno vivo», «La vida son dos días». En un extremo del salón, los dolientes lloran al difunto, y en los pasillos, como los perritos chinos de los coches, los demás asienten a golpe de lugar común. En el fondo, un funeral desencadena una catarsis en cada uno de los asistentes. Envueltos por el ambiente amortajado de tabaco y murmullo, vislumbran, como si se tratara de una aparición, la frase latina inmortalizada por el profesor Keating: Carpe diem (otro lugar común).

Juan Luis Arsuaga Ferreras, conocido paleontólogo de la cueva de Atapuerca, inauguró en noviembre la sede en Málaga de la Sociedad Geográfica Española. Personaje delgado por olvido. De corta melena blanca y desaliñada. Con la mirada curiosa del niño que es, invitó a los asistentes a vivir: «Hay gente que trabaja cinco días a la semana y el sábado se va al Carrefour». Como un William Wallace con apariencia de Don Quijote, arengó a los oyentes a viajar. A viajar ahora. Aficionarse con alguna pasión. Que los creyentes disfrutasen de la vida como si no hubiese otra después, y que los no creyentes no olviden sus creencias.

Puede que Juan Luis Arsuaga, morador de una cueva donde los cráneos se amontonan desde hace miles de años, tenga un punto de vista privilegiado. Mucho mejor que el que ofrece una caja de nogal o de cedro. Esos ojos secuestrados por su propia infancia no hacen más que repetir los susurros de los huesos prehistóricos que han contemplado. Al mirarlos de cerca casi puedes oírlos: ¡Carpe diem, carpe diem. Vive el momento!

Pero es solo un instante, no hay por qué preocuparse más de lo necesario. Al llegar al aparcamiento regresa la cobertura de la prisa, el empleo chantajista, la vida hipotecada, la realidad virtual del ahora. Justo al arrancar el vehículo, se acciona el incinerador de la memoria reciente y las cenizas van cayendo sobre la alfombrilla, livianas como palabras.

El horno está siempre disponible para sobados argumentos. Quizás por eso agarrarás este artículo, lo enrollarás en un delgado canutillo, prenderás con fuego el extremo, y mientras lo veas esfumarse no podrás oír nada más. Las paredes de nogal o de cedro amortiguarán los sonidos.

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