Al azar

Las elecciones de generales

20.11.2015 | 00:44

La videoteca del zapaterismo abunda en secuencias donde un general más alargado que estirado confería silenciosa certeza a la ministra Carme Chacón. No por mujer, pues solo Berlusconi y la prensa italiana se cebaron en su panzone de embarazada, sino por civil. El aviador Julio Rodríguez complementaba a la hoy cabeza de lista catalana a las generales por el PSOE. Probablemente, es la única política en activo con algún derecho a lamentar que su militar de máxima confianza haya fichado por la candidatura de Podemos en Zaragoza. En cambio, la reacción del Gobierno ofrece irisaciones de mal perdedor, si este vicio no hubiera sido agotado por el Ejecutivo que celebra al paradigma de la corrupción con un marcial «Luis, sé fuerte».

Pocas veces se puede felicitar a un partido con menos reservas que a raíz del fichaje del general reservista que, tras culminar una dilatada hoja de servicios, decide libremente incorporarse a un partido legal votado por millones de españoles. Rodríguez ha anclado la imagen de Podemos y ha limado sus incertidumbres. Las reacciones desaforadas corroboran el impacto en los contendientes. En la tradición de Rajoy, la histeria impostada del PP tranquilizará a los votantes de Pablo Iglesias, que podrían molestarse por la militarización de un partido radical. El Gobierno que amnistía a los evasores multimillonarios en Suiza deshonra a un servidor del Estado de trayectoria impecable, por alinearse políticamente y participar en unas elecciones democráticas. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría ha hablado más de Rodríguez que de Bárcenas.

Rafael Chirbes describe en Crematorio la sensación de desconcierto «cuando a un militar se le desabrocha un botón y descubrimos que bajo el uniforme los militares llevan ropa interior». La sobreactuación del PP, con su cese atropellado y su ceremonial de deshonor mediático, obedecería según el novelista recientemente fallecido a que a los hombres de armas trastornados al pacifismo «les sale algo raro, como de blanca intimidad del hombre casado, que no nos gusta conocer». Solo casualmente, Rajoy le brinda un servicio a Pedro Sánchez, el otro pretendiente del cotizado general. Simultáneamente, el PSOE suscribe cualquier decisión de La Moncloa sobre Cataluña.

La disparatada reacción del Gobierno puede desmontarse con el recurso infalible al zapato en el otro pie. En un jugoso contrafactual, basta imaginar que el general se jubilara para incorporarse a las listas del PP. De inmediato, recibe las felicitaciones, si no una condecoración suplementaria, del ministro Morenés. A continuación, la vicepresidenta subraya, con la trompetería de un consejo de ministros reconvertido en comité electoral, que la aportación del militar sustancia la extraordinaria política de defensa desarrollada a lo largo de la legislatura. En cambio, se le ha dispensado el tratamiento reservado a los corruptos, siempre que no engrosen las filas populares.

Al igual que buena parte de trabajadores, el general Rodríguez ha superado en entrega los haberes percibidos por su labor. No importa, el Gobierno quiere convertirlo en un Jordi Pujol de manejos aviesos y ocultos durante décadas de servicio. Los mismos que besarían las alpargatas de Steve Jobs o que vestirían algo con capucha para alternar con Zuckerberg, obstaculizan a quien se sale de la norma en ajustado cumplimiento de la razón de ser de Podemos. Sobresale la censura a cargo de los excomunistas radicales reconvertidos al libre mercado, y que fingen horrorizarse por la deriva militarista de Podemos. Con lo que ha costado tener ministros de Defensa civiles, se jactan. Omiten los discutibles compromisos y contratos de Morenés como industrial del armamento, una connivencia que durante cuatro años no han encontrado un hueco para criticar. Si todavía leyeran algún libro en lugar de juguetear con Twitter, refrescarían que fue otro general, Eisenhower, quien alertó contra la dictadura del complejo militar industrial.

Un militar militante no puede ser un militante militar en un país tan cicatero que, según Cela, «no da para tener dos conceptos distintos de una misma persona». Siempre con Chirbes, el general Rodríguez disgusta a quienes consideran «qué importante es que cada botón esté en su sitio, eso que los militares llaman la revista de policía, todo reluciendo, limpio y bien abrochado, cerrado. Ser solo uniforme». La sentencia albergaba un ajustado presagio del hombre unidimensional de Rajoy, que lee a Marca y su predecesor Marcuse porque, en palabras del presidente del Gobierno esta misma semana , «creo que no hago daño a nadie».

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