Cuaderno de mano

El arte de educar

22.11.2015 | 16:39

La educación no responde si la llamas. Cansada de que a su voz hagamos oídos sordos nos ha dado la espalda. En las aulas es un trazo en blanco que naufraga a diario en las pizarras. En los hogares una conversación alrededor de la que no se sienta nadie. Y en las calles es una sombra flaca a la que se deniega la cordialidad del gesto o de la palabra. La pobreza que somos se manifiesta en la educación que nos falta. En lo personal y en lo cultural. Hace tiempo que sucede. Cada política la ha gobernado a su imagen y semejanza. Todas han confundido los conocimientos y los valores con el adoctrinamiento, reduciéndola a siglas que exorcizaron la disciplina, el rigor y la excelencia. Lo mismo que se estigmatizó que el aprendizaje requiere un hábito de trabajo. Ningún sistema apuesta por argumentos humanísticos y científicos, transversales en el saber, el saber hacer y el saber ser. El resultado es que tenemos un 25% de abandono escolar –duplicamos las cifras de la UE–, que sólo el 3% de los estudiantes son excelentes y que generamos pocos profesionales eminentes. Este último déficit es lo más grave de la progresiva desnutrición de la enseñanza.

En la Cumbre Mundial de Educación celebrada en Doha (Qatar) se ha dejado claro que el educador mediocre habla, el educador normal explica y el buen educador inspira. Igual que hacía el carismático profesor de Literatura de El club de los poetas muertos, la película que nos hizo soñar en 1989 con un modelo en el que el docente fuese capaz de transmitir ideas, preceptos y valores emocionales. Este perfil es el que Jörg Dräger, miembro de la Fundación Bertelsmann, considera un coach, más que un facilitador del aprendizaje, con una pedagogía más allá de los libros de texto que induzca al entusiasmo de los alumnos por la materia. Lo mismo piensa Tan Oon Seng, director del Instituto Nacional de Educación de Singapur, y autor del Informe Políticas docentes –presentado en esta cumbre– que destaca a los profesores como «líderes del pensamiento pedagógico y guardianes de los valores sociales».

Estoy de acuerdo. Conozco y aprecio a maestros que han sido y son el resultado eficaz de su vocación, de su creatividad y de su utopía. Su figura la reclama José Antonio Marina –a quien el Gobierno ha encargado elaborar un Libro blanco–, defensor de que el sueldo de estos John Keating sea mayor que el de aquellos docentes de los que sus alumnos desertan o consideran un eco gris de la rutina académica. ¿Qué ocurre si se tiene pasión pero no se sabe comunicar ni motivar, igual que sucede con muchos profesores? El informe de Doha propone que las clases sean evaluadas por otros colegas, y que el centro haga lo propio mediante el portafolio donde cada profesor explica la calidad de su trabajo.

Ninguna de las ideas tiene en cuenta la rivalidad profesional, los desencuentros personales y mezquindades de la condición humana y de las camarillas donde predominan la altanería y la envidia. Y por otro lado cabe preguntarse si no sería mejor evaluar el sistema: los centros, los recursos, los programas, la vulnerabilidad en la que se descolocó al docente. También habría que interrogarse sobre si se puede hablar de educación en valores cuando la sociedad ha situado los valores al margen de la educación. Me temo que se pretende privatizar la gestión del conocimiento al modo americano. Si usted quiere buenos profesores, páguelos. El dinero como único valor. No es este el bypass que requiere el dañado corazón de la enseñanza. Es necesario prestigiarla y devolverle su rol de conciencia educativa de la sociedad –como defiende Marina, y muchos subscribimos–. Ese reto requiere un profesorado mejor cualificado y sobre todo eficiente, más que innovador; cercano a la realidad social y no sólo docto en el dominio teórico, y que actualice su preparación. Ese norte debe partir primero del amor por su trabajo y después de las ayudas y programas del sector enfocadas en este sentido. Parte del problema es precisamente esa pérdida de afecto, generalizada en otros ámbitos, y también el empobrecimiento del propio sistema. Está claro que la calidad depende de buenos planes de formación en saberes, en inteligencia emocional, en habilidad comunicativa, en ser competente, que no competitivo, en el ejercicio de la instrucción. Objetivos muy diferentes a unas propuestas que avalan la desigualdad entre los centros públicos y los privados.

Afortunadamente y a pesar de los políticos, como el ministro Méndez de Vigo (al que no le gusta que haya tantos universitarios), y de los expertos en atomizarlo todo en función de la dictadura del mercado, bajo la que se están doblegando todos los sectores profesionales y ámbitos de la vida, en algún colegio, instituto o facultad, siempre habrá profesores con pasión y capaces de transmitir la comprensión de las metáforas del conocimiento y las emociones estéticas. De ser una brújula que oriente en las penumbras de la duda, a navegar entre las lecturas y las personas, y a entender los eclipses de la vida y de nosotros mismos. Una mano que impulse la rebeldía intelectual y el aprendizaje de fracasar y sobreponerse. Aquellos a los que sus alumnos recordarán siempre con los versos cinematográficos de los poetas de Whitman: «Oh capitán, mi capitán.»

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

Ellos son los que convierten la labor de enseñar educación en un arte y en una identidad.

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