Cartas al director

26.11.2015 | 05:00

Valores discriminatorios, por María Faes Risco
Llevamos más de una semana denunciando con grandes titulares de primera página la inhumanidad de los terroristas en París. Sin embargo, no hace tanto que otros atentados terroristas en Kenia y el Kurdistán han causado un número aún mayor de víctimas sin que esos crímenes masivos hayan tenido ni por un día una repercusión parecida en nuestros medios. ¿Nuestros proclamados valores universales son realmente tales, o los hechos muestran que son crudamente discriminatorios, válidos sólo para nuestro grupo cultural?


Hostias consagradas, por Julio Lozano Ramos
En una sala del Ayuntamiento de Pamplona –no se trata siquiera de un lugar privado– se exhibe la palabra «Pederastia», formada por hostias que su autor dice consiguió asistiendo a misas y guardándolas, es decir, consagradas, en vez de comprarlas en los establecimientos del ramo. Como si él creyera esa consagración diera más valor a su denuncia de la pedofilia. Seguimos siendo el país de las catedrales y de las blasfemias, de una incultura rotunda y agresiva. Y si ese tal Abel Azcona no es creyente, muestra que lo que le interesa no es denunciar la pederastia, sino promocionarse con un miserable escándalo. Ahora sólo falta que –como pasa demasiadas veces todavía– algún laicista también poco ilustrado defienda ese comportamiento, directamente contrario a lo que dice profesar, al exacerbar la lucha por temas religiosos.

Dioses y humanidad, por Gerardo Hernández Zorroza
Resulta bastante curioso que las atrocidades más grandes de la Historia se hayan cometido en nombre de Dios, o del «Bien», culpando del «Mal» al otro. En el «Eje del Mal», ¿se acuerdan? Pero más curioso resulta que se pierda, a las primeras de cambio, la perspectiva del mismo Dios (Alá, otros...) que a través de sus profetas dice: «No matarás». Pero lo determinante, lo que está detrás de todo ello, no es un asunto religioso, ¡que va!, sino meramente de «poder». «Poder», además, que no va de adquirir dominio sobre uno mismo (o empoderarse), sino que trata de imponerse a los demás. Y que lo hace, además, a través de la violencia y del miedo. Vendría bien recordar en este punto a Aldous Huxley, cuando dice: «el amor ahuyenta el miedo, y recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no solo al amor, sino también a la inteligencia, a la bondad, a todo pensamiento de belleza y verdad. Y solo queda la desesperación muda. Al final, el miedo llega a expulsar del hombre su misma humanidad. 

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