Impresiones

COP21

30.11.2015 | 01:18

Así se llama la gran conferencia sobre el clima que reunirá en París a partir de mañana a más 120 jefes de Estado y de Gobierno entre medidas de seguridad extraordinarias, con el ambicioso propósito de impedir que el mundo eleve su temperatura media en más de dos grados centígrados en 2100 con respecto a los niveles preindustriales. Ese es el límite a partir del cual los daños pueden ser irreversibles, empezando por la fundición de los casquetes polares y la consiguiente elevación del nivel de los mares que nos puede dejar sin playas o con muros protegiendo nuestros paseos marítimos. Otra alternativa, como sugería hace poco Stephen Hawking, es colonizar otros mundos y escapar a ellos tras haber dejado este inservible, algo que quizás sea un día posible pero que no parece probable a corto plazo.

Esta conferencia se sitúa en la estela de la de Kioto en 1997, que fue el primer intento serio de de establecer un régimen de obligado cumplimiento para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono) a la atmósfera. Después se produjo el sonoro fracaso de Copenhague en 2009 y ahora le llega el turno a París porque no podemos seguir perdiendo el tiempo sin tomar las medidas necesarias para evitar una catástrofe. Algo que no resulta fácil por muchas razones:

La primera es la magnitud del esfuerzo requerido pues habría que reducir drásticamente las actuales emisiones de CO2, hasta un 70%, y eso es difícil de conseguir a pesar de los esfuerzos europeos, que reduciremos un 40% entre 1990 y 2025, y de los americanos, que reducirán un 28% entre 2005 y 2025. Lo que hagan los norteamericanos es muy importante porque son los mayores contaminadores per cápita del planeta, nada menos que 17 toneladas métricas anuales de CO2 a la atmósfera frente a las siete de Europa o las seis de China.

La segunda es que China, el mayor contaminador mundial por su elevado consumo de carbón, acaba de reconocer que sus estadísticas estaban equivocadas y que está echando a la atmósfera muchos más gases de los que reconocía por no haber tomado en consideración en sus estadísticas a muchas pequeñas industrias. Esto es muy grave y explica por qué la contaminación es allí tan terrible (la que ahora tiene Beijing podría ser la que todos tengamos a fin de siglo). China ha advertido que su emisión de gases a la atmósfera seguirá creciendo hasta 2030.

La tercera razón es que los países en vías de desarrollo necesitan quemar combustibles sólidos para mantener el crecimiento de sus economías y dar a sus poblaciones el grado de bienestar que ya tienen los países ricos. No es fácil convencerles y por eso en París se prevé la creación de un Fondo dotado con 100.000 millones de $ (que daremos los países ricos) para ayudarles en su reconversión, pues la demanda de energías fósiles seguirá subiendo hasta mitad de siglo arrastrada por el crecimiento de estos países y por el aumento de población, que pasará de los actuales 7,4 mil millones a 9,7.

La cuarta es que no parece que el régimen que ahora se instaura vaya a ser obligatorio, como desea Europa, porque se oponen algunos países como los EE UU. A lo más que se ha llegado en la última reunión del G20 (cuyos participantes son responsables del 85% de las emisiones) es que se diga que estos compromisos tendrán «fuerza legal» (?). Hoy por hoy 161 países han asumido compromisos voluntarios pero que son insuficientes, porque aunque se cumplieran la temperatura subiría 3 grados a fin de siglo. Por ello se prevén evaluaciones quinquenales que habrá que revisar al alza en el futuro si la situación lo permite.

La quinta razón es la más grave, a mi juicio, pues es sabido que el dióxido de carbono se acumula en la atmósfera hasta que es lentamente reabsorbido por las plantas y los océanos, en un proceso que dura siglos. Pero Steve Koonin ha escrito un artículo en el New York Times donde argumenta que el efecto calentamiento del gas en la atmósfera cambia menos que proporcionalmente a medida que aumenta su concentración. O como él afirma, «eliminar una tonelada de emisiones en mitad del siglo XXI enfriará la mitad que si la hubiéramos suprimido en mitad del siglo XX». Por eso, cuanto más tardemos en actuar, peor será. En su opinión el ser humano no va a tener más remedio que adaptarse a la realidad circundante, como ha hecho desde siempre.

Pero yo me alineo con los que prefieren el optimismo de la voluntad sobre el pesimismo de la razón, como dijo Gramsci, y creo que en ningún caso debemos cruzarnos de brazos ante una realidad difícil pues está en juego no solo el mundo que dejaremos a nuestros hijos sino la propia supervivencia del ser humano en la Tierra. Y no exagero. El papa Francisco en su encíclica Laudatio si trata de conciliar ciencia, religión y sentido común (no siempre lo ha hecho la Iglesia) poniendo el acento sobre un problema que amenaza con dejar un planeta «de escombros, desiertos y suciedad» que pagarán, como siempre, los más débiles, los que dependen más directamente de los ecosistemas amenazados porque «la ecología es total, es humana».

Nuestro reto es lograr más energía con menos dióxido de carbono con soluciones que sean científicamente sólidas, políticamente factibles, sostenibles socialmente y aceptables para todos. No es fácil pero es lo que tenemos delante y cuanto antes nos arremanguemos, mejor. Ya no vale dar más patadas a la lata hacia delante.
 
*Jorge Dezcállar es exembajador de España en EEUU

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