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El cambio climático y la libertad

Si el incremento de temperaturas llegara a superar los 2º C se produciría una subida del nivel del mar que afectaría a la industria turística, al inundar en Andalucía una franja de ochenta metros

02.12.2015 | 01:22

Con este artículo inicio una serie dedicada a describir y analizar la incidencia del cambio climático en la libertad, la igualdad y la justicia. Analizaré primero lo que está mal para centrarme en lo que hay que hacer en el último artículo.

La libertad es inherente al hombre, sin embargo, el estado de desorden y agitación de la naturaleza producido por el cambio climático ha dejado sin efecto la concepción de la libertad según la cual ésta consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio al otro. Ha sido precisamente el «poder hacer» sin límite lo que nos ha puesto al borde del abismo en el que nos encontramos. Es obligado preguntarse, por tanto, como está afectando el cambio climático a la libertad y si hacemos lo suficiente para mantenerlo bajo control.

La anomalía climática que ha producido el ejercicio de la «libertad de empresa» más allá de los límites físicos del planeta, ha mostrado dos nuevas dimensiones desconocidas de la libertad: la ecológica y la intergeneracional. Son una restricción que afecta a las condiciones de ejercicio y que la configura como una «libertad dentro de»: dentro de los límites del planeta y de la cuota de recursos que cada generación tiene asignados, a fin de evitar que con toda su crudeza el cambio climático convierta estos límites en limitaciones.

¿Cómo incide el cambio climático en nuestra vida? Estableciendo unos impedimentos físicos en forma de incremento de temperaturas, subida del nivel del mar, acidificación de los océanos, entre otros, que alteran cada vez más nuestro modo de vida y nuestros medios de subsistencia y tienen a la vez impacto directo en el ejercicio de algunos derechos y libertades. Al perdurar el cambio climático en el tiempo también se restringen con él los derechos y libertades de las generaciones futuras.

Este presente de sequía, falta de agua e incremento de temperaturas que estamos padeciendo, causará pérdidas y cierre de explotaciones agropecuarias y pesqueras por pérdida de rendimiento de cultivos y disminución de capturas. Pero si el incremento de temperaturas llegara a superar los 2º C se produciría además una subida del nivel del mar que afectaría a la industria turística, al inundar en Andalucía una franja de ochenta metros desde la línea de costa. Pero no sería sólo la libertad de empresa la única libertad que quedaría afectada, sino que tal subida del nivel del mar menoscabaría la libertad de residencia de las personas afectadas por las inundaciones al convertirlas en desplazados climáticos y restringiría la libertad de circulación de las restantes personas. ¿Podemos imaginar Andalucía sin olivos, Valencia sin naranjas, La Rioja sin vino o Málaga sin boquerones? Tras las declaraciones iniciales de EEUU, China y Rusia en la apertura del COP21 en París este es un escenario que no se puede descartar.

El cambio climático, sin embargo, va a producir efectos en la libertad mucho más intensos en los habitantes de las orillas oriental y sur del Mediterráneo y en otras áreas del planeta. En el Mediterráneo oriental el cambio climático está produciendo terribles sequías que se han terminado convirtiendo en guerras climáticas. Un ejemplo es Siria, azotada desde 2006 por la peor sequía desde que se tienen registros, que ha causado emigraciones masivas del campo hacia las ciudades, frente a cuyas consecuencias sociales el Gobierno no ha podido hacer frente. Ello se tradujo en una mayor inquietud social que después de décadas de cruel opresión ha desencadenado la actual guerra climática y civil, que afecta a la seguridad y a la libertad misma de los afectados. En la orilla sur África es una víctima de los contaminadores, ya que siendo responsable sólo del 2% de las emisiones, está experimentando un calentamiento más alto que el promedio mundial.

La seguridad, que es la otra cara de la libertad, ha golpeado a Europa con los atentados de noviembre en París. La reacción francesa ha sido el establecimiento del estado de emergencia en la ciudad y la realización de más bombardeos en ciudades controladas por los terroristas, pero sin haberse planteado cortar sus vías de financiación. Se dibuja así un siniestro mercado de violencia que establece una ecuación entre cambio climático y lucha por los recursos absolutamente rentable para los ejecutores, que se mantiene encendido mediante apelaciones a la cultura y a la religión. El Centro de Análisis Navales, dedicado a estudiar las implicaciones del cambio climático y el calentamiento global en la seguridad de los EEUU, recomendó al gobierno de aquel país que dichas consecuencias quedaran integradas en la estrategia de seguridad nacional y de defensa.

Por último, y sin ánimo de ser exhaustivo, es preciso señalar otro aspecto, que las catástrofes sociales que producen los desastres ambientales pueden ser tomadas como oportunidades para adoptar medidas que no podrían imponerse circunstancias normales. En Nueva Orleans el huracán Katrina fue utilizado como excusa para privatizar totalmente el sistema educativo. El riesgo de «recesión democrática» existe. Hasta el próximo miércoles.

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