Tierra de nadie

Mi yo chino

03.12.2015 | 05:00

Observen la contundencia de la frase: «Hoy todos nos definimos por nuestro lugar en el mercado». La leí en una entrevista que le hicieron a la filósofa estadunidense Judith Butler en La Vanguardia. Y me detuve ahí, claro, preguntándome por el lugar que ocupaba yo, también por el de mi familia. No era fácil, primero había que darle un toque realista a la abstracción «mercado». Evoqué una tienda de chinos que fue en su día la parroquia de mi barrio. En la zona donde estaba el altar hay ahora flores de plástico o de papel y jarrones supuestamente decorativos. Me pregunté si también la Iglesia se definía por su lugar en el mercado y deduje que sí. Pero eso no aclaraba el mío. ¿Qué sitio ocuparía yo en una tienda de chinos? El de la comida para perros y gatos, pensé. Se encuentra en uno de los rincones más apacibles del establecimiento y la gente que se acerca a él posee al menos la sensibilidad que se les supone a quienes tienen animales domésticos. De otro lado, no me parecería mal vivir para ser comido (y cagado, con perdón) por un siamés.

Continué recorriendo imaginariamente el local de la antigua parroquia y me detuve en la zona de la papelería. Suelo comprar allí cuadernos y lápices antiguos, a veces cajas de lápices de colores que tienen el mismo olor de las cajas de mi infancia: una mezcla de madera y química. Me imaginaba, en fin, como un cuaderno barato que un padre apresurado compra a su hija de cinco años.

–Toma, para que pintes cuando lleguemos a casa.

Los niños también ocupan su lugar en el mercado, sobre todo en el mercado del entretenimiento. Hay que darles algo para que no molesten mientras los padres se ganan la vida, que en muchas ocasiones es un modo de perderla. Hay demasiada gente situada del lado de la pérdida. Excedentes, los llaman. Los excedentes se queman o se arrojan al mar aunque estén en buen estado. En el mundo actual, concebido como un mercado, la mayoría de los ciudadanos somos excedentes. Cuando en mi imaginación me dirigía a la salida de la tienda, vi al chino en la caja y me pregunté si no sería ese mi lugar en el mercado. Fue un momento revelador porque descubrí de golpe mi «yo» chino.

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