Políticas públicas

Obesidad constitucional

08.12.2015 | 05:00

Este año el aniversario de la Constitución ha coincidido con la campaña electoral y se ha hablado más que nunca de la necesidad de abordar cambios sustanciales en su redacción y articulado. La mayoría de partidos políticos propone reformas que obligarían a disolver las Cortes Generales y comenzar un nuevo proceso constituyente. Sólo el partido del gobierno defiende las líneas generales del texto vigente y apuesta por unas modificaciones puntuales y no muy agresivas.

De Javier Pérez Royo aprendimos, gracias a su Manual de Derecho Constitucional, que la Constitución incorporaba un conjunto de mecanismos casi de autodefensa, que obligaban al acuerdo de amplias mayorías parlamentarias para realizar cambios, y también que la modificación de sus puntos principales (como por ejemplo la forma de gobierno, llegado el hipotético momento de una república presidencialista) obligaría a disolver las Cortes y empezar de nuevo. El blindaje de la Constitución contemplado en la propia Constitución suponía una garantía de respeto al pacto de todas las fuerzas sociales y partidos políticos (también los comunistas y los nacionalistas) que propició la Transición de España hacia una democracia homologada con su entorno europeo.

Han pasado casi 40 años y las costuras de nuestra Carta Magna presentan evidentes signos de fatiga. Sobre todo por la crisis económica y sus consecuencias, pero no sólo por eso. De Jurgen Habermas también aprendimos que el texto constitucional alemán, espejo del español, se ha modificado en torno a 50 veces desde su redacción tras la Segunda Guerra Mundial. Y la modificación del artículo 135 en septiembre de 2011 abrió los ojos a la sociedad española con respecto a la defensa a ultranza de un texto del que no se ha tocado ni una coma salvo esa excepción motivada por la presión europea. Si entonces se pudo hacer, y se hizo, los argumentos conservadores pierden legitimidad y apoyo.

En estos días se han conocido las diferentes propuestas de los partidos políticos. Quien más y quien menos defiende el blindaje de los derechos sociales en la Constitución, incluso que se fijen unos mínimos presupuestarios para el gasto social. Se nota la influencia del constitucionalismo garantista que defiende con pasión el italiano Luigi Ferrajoli, que propone una «democracia a través de los derechos» y solucionar la «crisis de la democracia representativa» poniendo coto a los «poderes salvajes» que desde lo económico dirigen los destinos de millones de personas, en su propio beneficio las más de las veces.

Sin embargo, esta escuela garantista cuenta con argumentos en contra. Algunos de ellos los expone con solvencia el politólogo español Víctor Lapuente en su último libro, El retorno de los chamanes. Dice Lapuente que «constitucionalizar la política sólo produce unos textos –y, siguiendo su estela, unos Estatutos de Autonomía, unas leyes orgánicas y unas leyes ordinarias– extremadamente gruesos». Aporta una investigación académica que analiza los textos constitucionales de los países de la OCDE y que concluye que «una Constitución larga es positivamente una mala Constitución». Y finaliza alertando del poder que se traslada a los jueces del Tribunal Constitucional: «cuanto más larga sea la Constitución, cuantas más facetas de la vida cotidiana se introduzcan en ella, más oportunidades tendrá el Tribunal Constitucional para revertir las decisiones de nuestros representantes». Llamadas de atención apropiadas y oportunas.

Ojalá que las elecciones y su resultado favorezcan un debate de altura con respecto a la Constitución Española y su posible modificación. Un debate político, social y académico. Ni la Constitución actual puede seguir siendo intocable, ni tampoco puede convertirse en un riguroso inventario lleno de deseos y buenas intenciones, pero carente de operativa real y cotidiana. Lapuente habla en este sentido de «obesidad constitucional». Lo que está claro es que cualquier cambio necesita de un amplio acuerdo parlamentario. Por ahora, los resultados previstos no invitan al optimismo. Hay mucha fragmentación a la vista y el consenso del 78 parece un puente demasiado lejano. En pocos días saldremos de dudas.

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