El Palique

Viva el Senado, carajo

La gente que propone suprimirlo no entiende el encanto de las cosas clásicas, decadentes, lujosas y con encanto. Yo mismo tengo un coche alemán de doce años y un jarrón japonés. Impensable deshacerme de ellos

11.12.2015 | 05:00
Pablo Iglesias visitó ayer La Laguna (Tenerife), donde dio un mitin y pudo comprobar, por ejemplo con el señor de su derecha, la admiración y hasta arrobada y rendida veneración que algunos le profesan. Las campañas son así, como duchas escocesas. O sea, a ratos agua muy caliente –calor humano entre partidarios–, y a ratos agua muy fría, es decir, diatribas y enfrentamientos con adversarios o enemigos. Que incluso pueden a veces estar en el mismo partido.

Antes cuando un candidato se quedaba en blanco en un debate tosía o disimulaba o soltaba una muletilla para pasar mejor esos segundos infernales de los que ninguno estamos a salvo. Ahora no. Ahora proponen eliminar el Senado. Le das los buenos días a un candidato y te dice que hay que suprimir el Senado. Le pides una entrevista y te dice que quiere cargarse el Senado. Lo inquieren sobre la reforma laboral y arremeten contra el Senado. Qué manía. Por Dios que jartura de Senado. Nunca estuvo más vivo que nunca: nunca fue tan nombrado.

El Senado se ha convertido en un demonio a batir y nadie repara en el encanto que tiene como tienen las cosas inútiles y decadentes, costosas y con tradición. Pues anda que si hubiera que deshacerse de todo lo que no es útil ni práctico... Yo tengo un jarrón japonés y un coche alemán que me cuestan o costaron un huevo, que precisan cuidados extremos y exigen desembolsos abundantes y frecuentes pero no soy capaz de deshacerme de ellos. El Senado es bello con sus históricos y recargados salones, sus ceremoniales, las moquetas, la nutridísima biblioteca, los espacios decimonónicos o modernos para comisiones y reuniones. Caminas por su interior y sientes el peso de la historia. Pero aquí nadie quiere historia. Quieren presente y lo quieren ya.

En el fondo de todo late la españolísima envidia: señores, reconozcámoslo, todos queremos ser senadores. Quienes dicen que es un cementerio de elefantes no han visto un cementerio o no han visto un elefante. O ambas cosas. O tienen disminuida la glándula corporal que fabrica metáforas. Hay gente que no tiene vesícula y hay gente que no tiene glándula metafórica. Y ahí están, repitiendo todo el rato las que acuñan los demás, como que es un cementerio de elefantes, cuando en realidad los elefantes allí quedan vivificados de tanto sueldo y tan poco trabajo, de tanto ir y venir una vez a la semana a la villa y corte a pasar el rato. No es que no trabajen. Es que trabajan poco y a otro ritmo. Aquí se ha instalado el tópico de que trabajar es calentar el asiento en una oficina ocho o nueve horas al día y así nos va, que tenemos unos culos gordotes. Mucho más gordotes que los de los senadores. Ahora también se lleva mucho proponer que el Senado se sustituya por una conferencia de presidentes autonómicos.

Dos problemas tiene esto: conociendo a los presidentes, la cosa iba a tener más boicot que los Juegos Olímpicos de Moscú 80. Segundo: el Senado es una cámara legislativa y los presidentes son el ejecutivo. Es decir, que proponen una invasión de poderes. O sea, a tomar por retambufa la separación de poderes. En fin, perdone el lector, a ver si de tanto pensar sobre el Senado nos va a acabar quedando un artículo molesto, coñazo y pedantón. Nada senatorial. Y piense que elegir senadores es uno de los pocos lujos que nos quedan. Nos lo quieren arrebatar.

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