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Einstein, Freud y la guerra

20.12.2015 | 05:00

La casa de Sigmund Freud no suele formar parte de las rutas turísticas de Londres. Esta casa burguesa de ladrillo rojo en las afueras de la ciudad se conserva tal como el padre del psicoanálisis la dejó, con el famoso diván o el cuadro del doctor Charcot, pero lo más interesante es su simple (y no poca) función de refugio contra la barbarie. Un viejo Freud, ilustre y con más de 80 años a las espaldas, llegó a ella en 1938, después de que los nazis entraran en Austria. El neurólogo moriría en Londres un año después, lejos de la locura hitleriana, pero consciente de la tragedia que se abatía sobre Europa.

Freud no conoció la Segunda Guerra Mundial, pero en aquellos turbulentos y prebélicos años 30 tuvo que reflexionar sobre la guerra cuando otro de esos seres que dejan un nombre para la posteridad, Albert Einstein, le pidió opinión sobre el motivo por el que los hombres llegan a sacrificar su vida «con salvaje entusiasmo» por un ideal, una nación o una fe. Para el físico, solo había una respuesta: porque el hombre guarda dentro de sí un natural apetito de odio y destrucción. En épocas «normales», continuaba, está latente, pero es relativamente sencillo ponerlo en juego y exaltarlo hasta la psicosis colectiva en circunstancias inusuales.

Suenan próximas las palabras del genio ahora que el llamado Estado Islámico vuelve a demostrar su naturaleza violenta y totalitaria y sus acciones en Europa nos obligan a mirar a ese lado del mundo, al que hasta ahora le girábamos la cara. Suenan próximas cuando el mundo occidental se arma en los Parlamentos, deja caer sus bombas sobre las regiones tanto tiempo olvidadas y prepara artillería terrestre. Todo ello mientras continúa permitiendo el tráfico de petróleo controlado por los yihadistas (¿quién más se estará beneficiando de esta anomalía económica?).

No sabemos qué posición mantendrían hoy Freud y Einstein, pero sí sabemos que entonces el psicoanalista coincidió con el físico en que es inútil intentar eliminar las tendencias agresivas del ser humano. Para contener esa pulsión bélica solo se le ocurría apelar a todo lo que establezca vínculos afectivos, como la creación de sentimientos de comunidad y de identificación entre personas, idea extensible a los pueblos. Podemos imaginar también el desencanto de ambos ante las escasas posibilidades de la Liga de las Naciones (hoy, la ONU), que ya preveían, no obstante: «El afán de poder de los gobernantes es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional», escribía el físico al neurólogo en 1932.

Sí, tras lo sucedido en Madrid, París o San Bernardino, suena a teoría vacua, a discurso buenista, pero ¿alguien puede asegurar hoy que la sangre detendrá el terror? ¿Qué se puede esperar mañana de los niños de las ciudades de Siria e Iraq hoy bombardeadas? ¿Qué altura y grosor han de tener las fronteras de nuestros países (y de nuestros confortables barrios europeos también) para sentirnos –que no estar– seguros? Demasiadas preguntas, es verdad, pero ¿no son la mejor arma contra los dogmas?

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