Las siete esquinas

Gafitas

20.12.2015 | 05:00

Con una foto tomada en plena revolución cultural china se ve a un grupo de jóvenes que insultan a un hombre que lleva puesto un capirote en la cabeza. La foto se tomó hacia el año 1966, pero a simple vista parece un grabado de Goya de los tiempos de la Santa Inquisición. El hombre mira avergonzado el suelo, mientras los jóvenes que le rodean gritan y levantan el puño. El capirote que lleva en la cabeza –el capirote de los idiotas, lo llamaban los jóvenes– está lleno de inscripciones a mano. No sabemos lo que dicen –están escritas en chino, claro–, pero podemos imaginarlas: «Traidor», «cerdo», «pequeño burgués», «criminal», «reaccionario». Hay un detalle conmovedor en esa foto: el hombre del capirote lleva gafas. En cambio, ninguno de los que le insultan las lleva. Pero es normal que sea así. En la revolución cultural china fue un gesto habitual despreciar a los que llevaban gafas. Porque si alguien las llevaba, era sospechoso de ser una persona que leía y pensaba por su cuenta, y por tanto no se sometía a la voluntad incontestable del pueblo revolucionario.

Llevo gafas desde que era muy pequeño, así que me conmueven las fotos de todos los gafitas insultados y agredidos. Como es bien sabido, los gafitas nunca hemos caído bien. Cuando entrabas en clase el primer día de colegio, lo primero que hacías, si llevabas gafas, era ocultarlas y no volver a sacarlas hasta que estabas a salvo. Si te veían con gafas, estabas perdido. Y supongo que había muchas razones para ello. Los gafitas no destacábamos en los deportes ni en los juegos del patio, y encima solíamos sacar buenas notas. Teníamos fama de ser empollones y solitarios. Teníamos fama de llevar una vida al margen de los demás. Las chicas, por supuesto, nos despreciaban (había excepciones, benditas sean), así que no era raro, en clase, que alguien nos cogiera las gafas e hiciera el ademán de pisotearlas. A veces –yo lo he visto– el gesto simbólico se convertía en una acción real, y el pobre gafitas se volvía a casa llorando a escondidas y con las gafas pegadas con esparadrapo.

Hace unos años, no sé dónde, una chica le rompió las gafas a Jacques Delors durante una conferencia. Delors había sido presidente de la Comisión Europea, y aunque era –y es a sus 90 años- socialdemócrata y cristiano, y firme defensor de los derechos de los trabajadores –además de una de las mentes más lúcidas que ha habido en Europa en estos tiempos-, aquella chica lo consideró un burgués y un reaccionario, así que se sintió autorizada a romperle las gafas. Hace unos días le pasó lo mismo a Mariano Rajoy, otro gafitas, otro tipo que cae mal. En el caso de Rajoy, lo peor de todo fue ver las fotos del niñato que le había agredido, haciendo el signo de la victoria cuando se lo llevaban detenido. De este chico sólo sabemos que era un estudiante conflictivo y que formaba parte de uno de esos grupos de whatsApp donde suele salir a flote lo peor del ser humano. Está claro que no había intencionalidad política en la agresión a Rajoy, pero lo grave del caso es que hay muchos chicos como éste sueltos por ahí, o incluso adultos que se comportan con la misma chulería y la misma irresponsabilidad. Rajoy es un representante político, y cualquiera que lo sea, sea del partido que sea, se merece el respeto de los demás, con independencia de que nos caiga bien o no.

Por desgracia, tenemos mil ejemplos distintos de comportamientos así, y no sólo en el mundo de la política. Los profesores saben bien que todos los días reciben insultos y humillaciones en clase, y unos chicos muy parecidos al que agredió a Rajoy les llaman puta y cabrón y maricón, sin que el docente pueda hacer nada porque las autoridades educativas siempre dan la razón a los chicos –o a sus padres–, acogiéndose al sagrado principio pedagógico que estipula que el cliente siempre tiene razón. Y conocemos a docenas de empleados que también son humillados por sus patronos, que desprecian sus conocimientos y les dicen que tienen doscientos mejores que ellos haciendo cola en la entrada. Y así, gracias a ese manto espeso de rencor hacia todos los gafitas –los raros, los empollones, los que saben hacer algo, los que tienen alguna clase de autoridad, los que pretenden hacer una vida distinta de la vida de la masa–, llega el día en que un descerebrado, siempre jaleado por la jauría, le rompe tan tranquilo las gafas a un gafitas y luego hace la señal de la victoria para colgarla en Facebook.

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