La Mirilla

Nadie lo ha hecho con 123

22.12.2015 | 00:48

En la fúnebre celebración del victorioso descalabro del PP, el mecánico Rajoy estaba a punto de decir que España necesita un Gobierno «fuerte». Llegó a esbozar la efe, pero se corrigió en «estable». Es la primera consecuencia del cambio de situación. Si España es ingobernable, como aseguran quienes se resisten a dejar de gobernarla, poco ha cambiado respecto de la situación legada por el actual presidente. El cambio cosmético de la fuerza por la estabilidad no oculta que nadie ha dirigido el país con solo 123 diputados. La cifra más próxima son los 156 de Aznar en 1996. Los 33 escaños adicionales suponían un treinta por ciento más de músculo.

El problema no consiste en investir a un rey por un día, hasta Rajoy o Pedro Sánchez sirven para este cometido. El desafío es gobernar desde una posición de debilidad extrema no solo frente al exterior, sino también con respecto del partido propio. Se necesitaría un campeón de los recursos humanos para gestionar el teatrillo desde los humildes 123, y el presidente en funciones es incompatible con cualquier término que rime con empatía. La entrega incondicional de Albert Rivera al PP resulta conmovedora. Tiene todo el derecho a liquidar Ciudadanos porque lo creó, pero levanta suspicacias sobre las motivaciones de su adhesión inquebrantable. Incluso con esta muleta, ¿ha demostrado el arcaico y arcano Rajoy la flexibilidad negociadora que caracteriza a un líder de consenso según los manuales al uso?

La desolación en el balcón de Génova contrasta con el empuje de los analistas que quieren condenar a los españoles a votar repetidamente, hasta que se aburran de caprichos como Podemos y se entronice al único ganador posible. Son los mismos que critican a Cataluña por un exceso de elecciones. Deberían contemplar el auge de los votantes que se han reencontrado con Pablo Iglesias pero que han dejado de entender a Rivera, por lo que han empezado a desentenderse de Ciudadanos. Al margen de las combinaciones, 123 es un mal número para empezar. En la nueva política, todos los partidos y votos no son solo útiles, sino decisivos. Por lo visto, es una mala noticia.

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