Al azar

Votar a PP y PSOE

03.01.2016 | 05:00

El gran error de la derecha consistió en no despedir a Rajoy el mismo 20D, una vez incumplido su objetivo de acercarse a los 150 diputados. Más implacable con la derrota que con la corrupción, el PP pagará esta flaqueza mayúscula. Sin mención alguna a su espectacular retroceso, el presidente del Gobierno en funciones pretende ser investido en lugar de investigado por su intimidad con Bárcenas. Sustenta su pretensión en una inexistente ley tácita, que garantizaría el acceso a La Moncloa a la lista más votada. Emplea el argumento teleológico de que el ser humano tiene ojos para ver, cuando en realidad ve porque tiene ojos, y no vuela por su constitución inapropiada. Es decir, el candidato con más votos –que no ganador– ha obtenido habitualmente un resultado suficiente para gobernar con algunos remiendos. Hasta Rajoy puede comprobar en sus desvelos presentes que la tradición numérica se ha roto, la costumbre no es ley.

Si las exigencias de Rajoy contrastan con su catastrófica victoria, más duro resulta explicar a los socialistas menguantes que también estaban votando al PP del presidente del Gobierno y de Bárcenas. Los votantes de Ciudadanos estaban resignados a sustentar a los populares. Se lo había ordenado la encuesta del CIS, tan manipulada que ni siquiera respetó el elemental reparto a izquierda y derecha del electorado a la hora de adjudicar su mayoría absoluta. En un acontecimiento inédito en la historia de la democracia global, el propio Albert Rivera se apuntó a Rajoy en campaña, bajo el eufemismo ya desmontado de «la lista más votada». El contribuyente que apoyó a los socialistas no podía descartar un pacto postelectoral con Podemos, pero nadie le adiestró en la paradoja de que estaba votando al PP de los recortes y la corrupción.

El mejor argumento contra la gran coalición PP-PSOE es que para forjarla no era necesario haber celebrado unas elecciones. El gran éxito de los negacionistas consiste en haber impuesto un clima en el que, desde el 20D, se actúa como si el 20D nunca hubiera ocurrido. La «pluralidad de las urnas», que figura incluso en el discurso del Rey, ha sido laminada. Solo existen estorbos. Según los salvapatrias, hay que proteger a la democracia de la formación de Pablo Iglesias, que capitanea precisamente el partido al que han migrado pacíficamente los electores más sensibilizados sobre la necesidad de rescatar al aparato democrático de sus cenizas. Aplicando el criterio de la «decencia común» que según Orwell rige las actividades humanas, ¿es más corrupto Podemos o el PP? Dado que la respuesta es elemental, ¿por qué se presupone que los más de cinco millones de sufragios de la formación emergente están equivocados, a diferencia de los más de siete millones de los populares?

La falsedad siempre arranca de la nomenclatura. Se remite la solución del 20D a la gran coalición alemana, hasta el extremo de pespuntearla con el polígloto Grosse Koalition. Sin embargo, los números contradicen las aspiraciones de los coaligados. Al traducir al Congreso español los 311 diputados que pastorea Angela Merkel en el Bundestag, se obtienen 173 escaños. Cabe recordar que el PP obtuvo 123, cincuenta menos. Pese a quedarse a solo tres diputados de lo que sería la mayoría absoluta en España, y a cinco de la hegemonía en el parlamento federal alemán, la cancillera se vio obligada a entregar codiciados alfiles a los socialdemócratas para asegurarse la continuidad en el poder. Su colega y correligionario español, ni se molesta en formular una propuesta.

Rajoy conserva una tercera parte menos de escaños que Merkel, por lo que sus pretensiones de automatismo son un deseo piadoso cuando no un delirio. Ni siquiera agregándole a su leal escudero, Albert Rivera, suma la fuerza que la cancillera posee por sí sola en el Bundestag. Y hasta aquí se ha descrito únicamente a la mitad vencedora de la grandiosa coalición de opereta. El presidente del Gobierno en funciones repite hasta el agotamiento que aventaja en 33 diputados al PSOE. Volviendo a la traducción de escaños, la CDU de Merkel adelanta en 66 parlamentarios a los socialdemócratas del SPD, más debilitados por tanto que los socialistas españoles. La primera conclusión es que Rajoy no puede inventarse la hegemonía del PP, por mucho que disfrute del aplauso de los cuatro ABCs madrileños.

Los amantes de la Gran Coalición olvidan cautelosamente los efectos secundarios de la alianza sobre la salud del menor de los partidos coaligados. Tras dos años en el ejercicio del poder, los socialdemócratas no han mejorado desde luego en el aprecio de los ciudadanos. Claro que el PP siempre puede alegar que las encuestas han corrido a cargo del equivalente alemán del CIS.

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