Con otra cara

Un buen plan

05.01.2016 | 05:00

Este año he tenido una buena Nochevieja por fin. Tras varios años sin un plan especial para despedir el año, y aprovechando que la chiquillería ya es mayor, mi pareja y yo nos planteamos ir a una cena con cotillón en un hotel, hasta que nos acordamos de aquel año en el que, dispuestos a todo, nos dejamos un dineral entre el vestido de lentejuelas, la pajarita y el solomillo de buey hojaldrado para vernos a las dos de la madrugada en casa tras una interminable cena y dos horas intentando animarnos infructuosamente. Es lo malo de tener demasiadas expectativas, y las de Nochevieja son enormes.

La culpa en gran medida la tienen esas películas en las que vuelan las serpentinas, la gente corea la cuenta atrás junto al director de la orquesta y a todo el mundo se le ve eufórico, brillante y feliz. La realidad suele ser bastante más imperfecta. Como aquel otro año en el que en el restaurante donde cenábamos solo había una televisión en una sala anexa y en el barullo previo a las campanadas, con todo el mundo intentando escuchar la televisión, mi pareja se perdió del resto de amigos y acabó comiéndose las uvas solo rodeado de desconocidos y sin nadie a quien felicitar.

Descartado lo de la cena y el cotillón nos planteamos aceptar la invitación de unos amigos que organizaron una fiesta en su casa de campo. A punto de darles el sí cambiamos de opinión recordando el frío que hace allí y que te obliga a asarte ante la chimenea o a ponerte morado a aguardiente, lo que no es conveniente para volver luego a casa.

¿Y si cenamos en casa y luego vamos al pub al que solemos acercarnos a tomar una copa cuando salimos a cenar los sábados? –nos preguntamos– para rechazar también esta posibilidad porque en Nochevieja aquello se pone imposible con bebida de garrafón, colas de media hora para que te sirvan una copa y apenas un palmo de espacio para bailar lo del Miami me lo confirmó... La propuesta de ir a comernos las uvas frente al Ayuntamiento tampoco me convencía. Mucha alegría y gritos si te enfoca alguna cámara pero horas de plantón y frío que a mi espalda le sientan como un tiro.

Así que, al final, compramos una bandeja de sushi y una botella de vino, nos apalancamos en el sofá y, tras las uvas, y ante el horror de la programación de la tele, optamos por ver los tres últimos capítulos de Mad Men que teníamos pendientes. Glorioso. El año que viene, y a no ser que me toque la lotería para irme a despedir el año a una isla caribeña, repito plan. Y es que, como oía el otro día, la juventud es eso que pasa entre la edad en la que no te dejan salir en Nochevieja y la edad en la que no quieres salir esa noche ni a tiros.

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