La Mirilla

Einstein diseñó un universo en red

05.01.2016 | 00:22

El astrónomo Arthur Eddington presumía de que solo dos personas entendían la Teoría de la Relatividad General de Einstein en todo el mundo. De hecho, le insinuaron que había tres, y respondió que desconocía a la tercera. Por desgracia, no nos incluyó a usted ni a mí en la lista de partícipes del secreto. Pese a la exclusividad del club, ha pasado un siglo sobre la feliz reorganización del Universo, que ha recibido un aplauso global con motivo de la efemérides.

El libro de poesía aclamado mundialmente como el mejor de 2015 lleva por título Siete breves lecciones de Física, bajo la firma de Carlo Rovelli. El científico dedica su poema en prosa más esclarecedor a la relatividad general. Es la mejor aproximación a que podemos aspirar los profanos. En cuanto a la necesidad de efectuar un esfuerzo suplementario con la garantía de la incomprensión absoluta de la teoría, el poeta compara la obra cumbre de Einstein con el Réquiem de Mozart, la Capilla Sixtina, la Odisea o El rey Lear de Shakespeare.

Si la teoría resulta inabordable, podemos acceder al menos a la profusión de metáforas que genera. A Newton se le cayó una manzana del árbol, Einstein contempló la caída de un obrero de un andamio. El físico se acercó al hombre dolorido, no para interesarse por su estado sino para preguntarle si había percibido que la Tierra le atraía con fuerza. La elemental respuesta:
–No, yo solo he notado que me caía.

A partir de la Relatividad General, los cuerpos no caen, se limitan a seguir las trayectorias privilegiadas por la curvatura que introducen las masas en el espacio-tiempo.

Einstein enterraba así el último concepto absoluto. Reconfiguró el espacio como un campo gravitatorio, definido por las masas que contiene. La interdependencia de la materia con el antiguo sustrato espaciotemporal que habita conduce a un universo en red. La continuidad de las magnitudes elementales teje una malla inescapable.

La interconectividad decretada por Einstein, con pruebas empíricas como el desvío de los rayos luminosos por objetos macizos, rima hoy con el cerebro colectivo que desarrolla la teoría de la información postulada por Claude Shannon. Aquí surgen las diferencias, porque al padre de las relatividades no se le hubiera ocurrido adaptar sus descubrimientos a la obtención de jugosas cantidades en los casinos de Las Vegas. Einstein odiaba el azar, hasta el punto de sintetizar que «Dios no juega a los dados con el Universo». Shakespeare le replicaría en El rey Lear que la divinidad juega con las personas como si fueran moscas.

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