Las siete esquinas

Guerreros de terracota

Si en el año 2015 hubo gente que pensó que al fin iban a cambiar las cosas, este nuevo año nos ha demostrado que las cosas no van a cambiar en absoluto. Y no sólo eso, sino que probablemente van a ir a mucho peor

07.01.2016 | 05:00

Si nadie lo remedia, este año habrá nuevas elecciones autonómicas en Cataluña, las cuartas en cinco años. Y si nadie lo remedia, este año también habrá nuevas elecciones generales en España, ya que nadie parece encontrar una fórmula de gobierno con una mayoría suficiente. Estas elecciones generales serán las segundas en muy pocos meses, un hecho insólito en nuestra historia democrática, y además coincidirán con elecciones autonómicas en Galicia y en el País Vasco, y tal como están las cosas, es posible que en esas comunidades tampoco se llegue a una fórmula que permita gobernar con una mayoría suficiente, así que a lo mejor –o a lo peor, mejor dicho– habrá que repetirlas. Y nada indica que en mayo o junio de este año, en las Cortes Generales, en Madrid, se pueda formar un gobierno estable, porque el país parece haberse dividido en dos bloques casi idénticos e irreconciliables, así que es muy posible que se repita el mismo sainete, o la misma charlotada –o como queramos llamarla–, que se ha vivido en Cataluña con la investidura fallida de Artur Mas, con lo cual habría que volver a convocar elecciones. Si en el año 2015 hubo mucha gente que pensó que al fin iban a cambiar las cosas porque se podría llegar a una regeneración de nuestro sistema político, este nuevo año nos ha demostrado que las cosas no van a cambiar en absoluto. Y no sólo eso, sino que probablemente van a ir a mucho peor.

El rey se equivocó al elegir el salón del trono del Palacio Real para dar su discurso de Nochebuena. Y no sólo porque exhibir tanto pan de oro no es la mejor forma de desear un feliz año a unos ciudadanos que en general lo están pasando mal. Hay otra razón, y quizá más importante, y es que el rey debería habernos recordado cuál es la situación de bloqueo vergonzoso en la que estamos metidos. Y para ello debería haber dado su mensaje de Navidad desde el Museo del Prado, en esa sala donde se exhiben las pinturas negras de Goya y se puede ver el famoso duelo a garrotazos de los dos gañanes hundidos hasta las rodillas en el barro. Porque está claro que esa imagen de los dos gañanes que se muelen a palos es la mejor representación de lo que somos y seremos: un pueblo incapaz de dialogar ni de llegar a acuerdos, un pueblo bronco y malhumorado –a pesar de las risotadas callejeras y de los ruidos insufribles de los petardos–, un pueblo que sólo sabe pelearse y gritar y que desdeña el acuerdo y el pacto porque lo considera cosa de tontos y de cobardes. Y da igual adónde miremos, a derecha e izquierda, a centralistas y nacionalistas, a viejos y jóvenes, a corruptos e incorruptos, a unionistas o independentistas, a rancios o a emergentes, porque ahí están todos, dándose en la cabeza con una quijada de asno que quizá venga de los tiempos de Caín.

Pensaba en todo esto hace poco, cuando fui a ver una exposición de los guerreros de terracota que el primer emperador chino hizo enterrar en su tumba. La exposición era de réplicas, claro está, y no muchas, sólo unas cincuenta, porque los originales de las estatuas sólo se pueden ver en la tumba del emperador, en Xi´an, en el centro de China. El poder siempre es feo, muy feo, y ahí, en esos guerreros funerarios que flanqueaban la tumba del emperador, estaba la prueba. Allí no había grandeza ni belleza alguna, ni nada que inspirara admiración o asombro, sino tan sólo una fúnebre exhibición de un poderío que no servía para nada. Porque el gordo y cruel Qin Shi Huang se hizo enterrar con un ejército de terracota que lo protegiera en el más allá de los malos espíritus y de los demonios y de los saqueadores de tumbas. Y en su tumba, que unos campesinos descubrieron por casualidad en Xi´an, se encontraron unas ocho mil estatuas de guerreros de tamaño real, cada una distinta de las demás, con sus propios rasgos físicos, su peinado, su bigote, su barba y su armadura. Y más abajo, el emperador dejó ordenado que se enterrara vivas a todas las concubinas del palacio que no hubieran tenido hijos. Y cuando se cerró la tumba –que era tan grande como una pequeña ciudad– todos los trabajadores y esclavos que habían participado en las obras también fueron enterrados vivos, para que no pudieran revelar a nadie los secretos de la construcción.

Qin Xi Huang no fue el único emperador que se hacía enterrar acompañado de guerreros y sirvientes. Los primeros faraones egipcios y muchos reyezuelos de Asia Central también se hacían enterrar con sirvientes y esclavos. Y si lo pensamos bien, Hitler, Stalin y Mao, muchos siglos más tarde, no se diferenciaban mucho de los emperadores que se hacían enterrar con sus guerreros y sus concubinas. Y ni siquiera ahora, en este mundo democrático y aséptico de las tertulias televisivas y las estaciones espaciales, podemos estar seguros de que estas cosas no ocurran. Y ahí tenemos a nuestra clase política, que sigue demostrando el mismo desprecio hacia los ciudadanos que el que impulsaba a los emperadores chinos a hacerse enterrar con sus servidores y sus guerreros. Y lo que está sucediendo ahora mismo, con la incapacidad para llegar a unos acuerdos de mínimos por simple cálculo electoral o por postureo político, es sólo una variante más de esa antigua costumbre inspirada por la caprichosa vanidad del primer emperador chino. La única diferencia es que nosotros somos, ilusos que somos, quienes elegimos a esos nuevos Qin Shi Huang.

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