360 grados

Daniel Defoe y los pobres refugiados germanos

09.01.2016 | 05:00

¿Quién podría imaginarse que Daniel Defoe (1660-1731), el autor del clásico Robinson Crusoe, se ocupó en su día de una crisis de refugiados de una naturaleza en cierto modo similar a la actual?

Lo hizo en su Revista del estado de la nación británica, en la que el también periodista y panfletista trataba regularmente de temas de actualidad de su país.

Si hoy los refugiados sirios, iraquíes o afganos sueñan con encontrar asilo en la rica Alemania, entonces los refugiados procedían de una de las regiones más pobres de tierras germanas: el Palatinado.

Y como hoy, la llegada masiva a Londres en la primera mitad de 1709 de miles de pobres gentes en busca de asilo provocó un vivo debate, en el que intervino Defoe.

Las causas de aquel éxodo eran múltiples, desde las secuelas, muchos años después de acabada, de la Guerra de los Treinta Años, una posterior guerra de sucesión en tierras alemanas y un durísimo invierno – el de 1708-1709–, con heladas que destruyeron las cosechas.

Como ocurre con los refugiados de hoy, la llegada de miles de «pobres palatinos», como se los conocía entonces, al este de Londres, lugar de la ciudad donde primero se alojan cuantos buscan allí refugio, suscitó el rechazo de muchos.

El Gobierno británico ordenó entonces poner freno a la llegada de tantos extranjeros por barco a la isla, y ya el verano de aquel año –1709– las autoridades resolvieron devolver al puerto de Rotterdam a los católicos que se negasen a convertirse al protestantismo.

Pero, como hoy piensan algunos en Alemania, preocupados por la pirámide demográfica del país y las futuras pensiones, Defoe vio en aquellos refugiados una oportunidad en lugar de un peligro o un desafío.

Defoe escribe que son ante todo «seres humanos» los alrededor de diez mil llegados a la capital y explica en términos siempre prácticos que representan «un enriquecimiento» para el país ya que «consumirán su lana, aumentarán la población y se ocuparán además de su propio mantenimiento».

«La simple idea de que podrían arrebatarles el pan de la boca a nuestros pobres, dejar sin trabajo a nuestra gente, debería sencillamente hacer que nos sonrojásemos porque es un absurdo, del que deberíamos avergonzarnos», escribe.

Pero Defoe no sólo critica las tentaciones xenófobas y egoístas que ve en sus compatriotas sino que habla de las razones humanitarias para impedir que esa «pobre gente que ha huido hasta nosotros no se nos muera por culpa de las carestías y durezas del próximo invierno».

El escritor propone asentarlos en «pequeñas comunidades urbanas, en pequeñas colonias en medio de bosques y tierras sin cultivar, en aquellas zonas de Inglaterra en las que el suelo es bueno y fértil» porque así podrán dedicarse «diligentemente» a la agricultura y «alimentarse y darse ánimos».

Incluso determina el tamaño que deberían tener las «pequeñas colonias» que propone: de cincuenta a cien familias, dependiendo de la bondad del suelo y de la extensión de los bosques o las tierras donde se los asiente.

Más de un centenar de familias no sería conveniente, explica, para que «la lengua y las costumbres no sigan siendo extrañas» y lleguen aquéllas con el tiempo a integrarse «en nuestro pueblo, como han hecho todas las otras naciones a las que hemos acogido hasta ahora».

«De esa forma, los refugiados del Palatinado promoverán el bien común, su presencia entre nosotros llevará a un mayor consumo de nuestra lana y en cuanto que ocuparán tierras hasta ahora no aprovechadas y cultivarán nuestros campos incrementarán la pública riqueza».

«Y pese a todo, sus operarios y artesanos no les quitarán a los nuestros un solo día de trabajo porque sólo trabajarán para ellos mismos».

No le hicieron, sin embargo, mucho caso las autoridades a Defoe ya que a muchos de esos refugiados los enviaron a la pobre Irlanda mientras que otros terminaron en las colonias británicas en el Nuevo Mundo. Y de los diez mil que habían llegado, sólo quedaron en Inglaterra alrededor de tres mil.

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