Impresiones

Una decapitación de más

11.01.2016 | 05:00

Arabia Saudí acaba de ejecutar a 46 personas acusadas de actividades terroristas por el expeditivo y medieval método de decapitarles, algo que en Riad se ocupa de llevar a cabo un respetable funcionario especializado en cortar cabezas. No hace otra cosa y recibe consideración social por ello. Una vez leí una entrevista en la que se mostraba orgulloso de eliminar de la faz de la tierra a indeseables, cumpliendo la voluntad de Dios. Eso decía.

Hace años, visitando un viernes el zoco de Riad con el embajador Tomás Chávarri oímos un redoble tambor a eso del mediodía. El embajador me dijo «anuncian que se va a impartir justicia, puede ser una flagelación, el corte de una mano (ladrones), una lapidación (adúlteras) o una ejecución, normalmente decapitación». Decliné su amable invitación pues no me sentía con estómago para un espectáculo de esas características y me sorprendió que la gente se apresurara para verlo arrastrando de la mano a niños de corta edad. Seguramente para que escarmentaran en cabeza ajena, y nunca mejor dicho.

Entre las cabezas ahora cortadas estaba la de un prominente jeque chiíta saudí que había apoyado revueltas populares en el este del país hace un par de años, cuando llegó allí la Primavera Árabe, y había pedido el fin de la dinastía reinante. La zona oriental de Arabia Saudí es mayoritariamente chiíta, a diferencia del resto del país, y es muy sensible por producir la mitad del petróleo del país y por estar próxima a Yemen, en cuya guerra civil los saudíes intervienen combatiendo a la minoría chiíta houthi.

La ejecución del jeque al-Nimr ha provocado una fuerte reacción en todo el mundo chiíta, con manifestaciones y protestas generalizadas que han sido particularmente fuertes en Irán, donde las turbas han quemado la embajada saudita. Teherán ha acusado luego a Riad de bombardear su embajada en Yemen y ésta ha reaccionado cortando relaciones con la República Islámica y lo mismo han hecho Sudán, Yibuti y Bahrein. Hasta ahora. La crisis está servida.

Cabe preguntarse por qué Riad le ha ejecutado ahora (lleva dos años detenido) cuando faltan 15 días para que se reúna una conferencia internacional de las Naciones Unidas sobre Siria, en la que Irán tiene un papel importante. Es como el derribo del avión ruso por Turquía. Puede que el jeque al-Nimr haya incitado a la secesión, y puede que el avión ruso hubiera violado la frontera turca, pero no cabe duda de que la reacción de unos y otros se produce en un momento inoportuno (cabe argüir que allí todos los son) y contribuye a inflamar aún más una región que no lo necesita.

Riad no oculta su oposición al acuerdo nuclear con Irán y su preocupación por dos consecuencias inmediatas del mismo: el vertido a corto plazo por Teherán de un millón más de barriles de petróleo al día en un mercado ya saturado, y su regreso a la geopolítica regional como gran potencia chiíta. Ese regreso lo temen también Israel y las demás monarquías del Golfo, que ven con satisfacción que la quema de la embajada saudita contribuirá a acentuar el aislamiento regional de Irán. Porque en Oriente Medio la partida se juega en muchos tableros simultáneamente: entre israelíes y palestinos, en Siria, en Irak, entre kurdos y turcos, con el Estado Islámico, entre moderados y progresistas, entre laicos e islamistas... pero el más importante, porque abarca a toda la región y aún la desborda, es el enfrentamiento entre sunnitas y chiítas que capitanean respectivamente Riad y Teherán.

Yo creo que Riad no hubiera ejecutado a al-Nimr de no sentirse amenazado por el fin del aislamiento de Irán en un contexto de progresivo desenganche norteamericano de la región. Pero al permitir la quema de la embajada, Teherán se ha equivocado y ha caído en la trampa tendida por Riad, cuando su interés actual es mostrarse como una fuerza moderada y constructiva en la región y cuando con el barril de crudo a 35 dólares (estaba a 110 hace un año), Riad aún puede permitirse bajarlo más para hacerle mucho daño.

Cabe especular con lo que puede suceder a partir de ahora y nada es bueno, aunque no se espere una confrontación directa entre Teherán y Riad ni tampoco grandes convulsiones en el mercado del petróleo, que ha seguido a la baja a pesar de lo ocurrido hasta ahora. Claro que todo podría cambiar si estallara la guerra, si hubiera inestabilidad, terrorismo o sabotajes en el Este chiíta de Arabia Saudí, o si crece más la tensión y se ven amenazadas las rutas por Bab el Mandeb con la consiguiente elevación de los fletes.

Pero lo que ocurre puede tener otras consecuencias más probables como obstaculizar la cooperación internacional contra el Estado Islámico; complicar la conferencia de la ONU sobre Siria; recrudecer la guerra en Yemen; provocar disturbios en Bahrein de la población chiíta contra el Emir al-Jalifa, que es sunnita; radicalizar la situación política interna en Irán, donde hay elecciones parlamentarias en febrero y también al Consejo de Expertos, y donde los insatisfechos con el acuerdo nuclear pueden capitalizar la tensión para ganancia de radicales. Y a todos nosotros nos coloca en la incómoda situación de tener que condenar tanto la ejecución del clérigo (Estados Unidos no lo ha hecho) como la quema de la embajada, mientras vemos crecer la tensión y la intransigencia en una región donde sobran los muertos y los refugiados. Empieza mal el año en Oriente Medio, le crecen los enanos por todos lados.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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