360 grados

Un historiador reflexiona en torno al 'espacio vital' de los pueblos

11.01.2016 | 05:00

Para el historiador norteamericano Timothy Snyder, Adolf Hitler fue un anarco-racista que buscaba a través de la destrucción de los Estados vecinos ganar «espacio vital» para la raza aria.

En la lectura que hace del nacionalsocialismo el autor de Tierras de Sangre, el dictador alemán partía de la idea de que los recursos agrícolas del planeta eran limitados, lo que obligaba a las «razas» a luchar por su control.

Quien creyese, según Hitler, que había algo más en la naturaleza humana, era porque había sucumbido a la ilusión «judía»: moral universal, ética, solidaridad y otras cosas por el estilo no eran para él más que un engaño.

La política alemana era tan sólo el medio para restablecer el estado de naturaleza a través de la ley del más fuerte, y los Estados y las fronteras eran un obstáculo para la consecución de esa guerra de conquista.

Hitler pensó desde un principio en la inevitabilidad de una guerra contra la Unión Soviética, y ello obedecía, según Snyder, a dos razones: por un lado la conquista de Ucrania, con sus abundantes recursos agrícolas le ofrecía el «Lebensraum» (espacio vital) anhelado, y por otro, consideraba a la Unión Soviética una creación judía.

La llamada operación Barbarroja perseguía ambos objetivos, afirma Snyder, según el cual la idea de que los alemanes eran un pueblo sin espacio vital pero con derecho a él tenía que ver con las experiencias de la Primera Guerra Mundial cuando los alemanes sufrieron hambre y se sintieron cercados.

En opinión del historiador de la universidad de Yale, a partir de la anexión de Austria, lo que supuso poner fin a la soberanía de ese Estado, Hitler se propuso destruir Polonia y luego un Estado tras otro en el Este de Europa.

En torno a un 97 por ciento de las víctimas del llamado Holocausto eran judíos de fuera de Alemania, y mientras los judíos que vivían en regiones donde se había destruido el Estado tenían una posibilidad de entre veinte de sobrevivir, allí donde había todavía un Estado, la posibilidad era sólo de una de dos.

En su lucha contra la Unión Soviética, los alemanes ocuparon primero las regiones que habían sido anexionados poco antes por aquélla, y en ninguna otra parte murió tanta gente como allí, afirma Snyder, gracias entre otras cosas al colaboracionismo de muchos europeos orientales.

En esa región Hitler creó condiciones anárquicas en las que le resultó fácil expropiar y asesinar a todos aquellos a los que consideraba como inferiores a la raza aria – ucranianos, polacos, bielorrusos y eslavos en general. Y naturalmente a los judíos, a los que consideraba una categoría aparte, no ya un enemigo regional sino universal.

El Holocausto no habría sido posible sin la destrucción de las estructuras estatales, lección que, en opinión de ese historiador, debería importarnos también hoy con el ejemplo de Irak, donde la invasión estadounidense destruyó el Estado que estaba en pie sin que lo sustituyesen otras estructuras nuevas, lo cual posibilitó el surgimiento de un nuevo terrorismo: el del mal llamado «Estado islámico».

La parte en cualquier caso más discutible del último libro de Snyder es su intento de hacer previsiones para un futuro próximo a partir de lo ocurrido en la primera mitad del siglo XX.

Snyder ve, por ejemplo, una relación entre el cambio climático de nuestros días y los años veinte: como entonces, comenta el historiador en declaraciones al semanario Der Spiegel, con motivo de la traducción al alemán de su último libro, Tierra Negra (Galaxia Gutenberg), la combinación del pánico por posibles hambrunas y la «gran política» podría resultar altamente peligrosa.

Podrían volver, dice, ideas como la del «espacio vital», que aprovecharían los países más fuertes para explotar a los más vulnerables. Es cierto que hay grandes y nuevas potencias como China, pero también otras más pequeñas, que compran tierras por ejemplo en África para poder alimentar un día a su propia población y que las futuras guerras serán seguramente por el agua. Pero ese tipo de paralelismos históricos es, cuando menos, aventurado.

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