Cuaderno de mano

Alcántara dry

17.01.2016 | 15:26

Ave maestro, los que van a escribir te saludan. Unos gladiadores llegaron en tren, otros a pie de su columna. Armados todos con viejas estilográficas de combate, bolígrafos de urgencia y lápices de bolsillo. Según las exigencias del dibujo de la realidad, de su narración a golpe de tiempo y de la firma del estilo. Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Manuel Jabois, Antonio Soler, Eva Díaz, Domi del Postigo, José María de Loma, Rosa Belmonte, Juan Soto Ivars, Teodoro León Gross y más nombres de cazadores y chamanes en el oficio de contar las vicisitudes y las sombras, qué profundidad tiene el iceberg de lo real. Convocados todos a lo largo de una mesa, igual que si fuesen caballeros andantes entre la política sin Griales, los contrapicados de los dragones económicos y los días estrechos que siempre tienen sus puentes y sus fosos. En la cabecera aguardaba el decano, Manuel Alcántara, estrenando 88 años, dos velas trenzadas entre el articulismo y la poesía. Enjuto y vivaz, irónica su sordera, elegante y resistente frente a esa enfermedad mortal que es la vejez, como él afirma dispuesto a que cuando llegue su hora, la muerte lo encuentre vivo. Y a ser posible con el cuchillo disuelto de un dry Martini entre las manos.

El brindis de la contraseña. La savia del mediodía que mantiene firme y lúcido al escritor de periódicos con más de 20 mil artículos pespuntando la resaca gris de España, la Transición de la democracia y el desencanto escéptico de un país atribulado entre su laberinto, los fantasmas de Berlanga y el happening. Manuel Alcántara, hijo de la calle del Agua y de Antonio Machado, malagueño con espuma de mar en la suela de los zapatos y bohemio de la Florida en el Madrid literario de los cafés donde aprendió todas las maneras del silencio. Y también el envés de las noches sin arrugar con Gómez de la Serna, González Ruano y Penagos el joven. Con ellos y con Azorín, con la memoria de Julio Camba y la amistad de Neruda, se fue curtiendo este marinero en tierra en articulista alrededor de la vida y en poeta encolumnado.

Eran los tiempos duros en los que se gritaba en las redacciones «al suelo, que llegan los nuestros», y cada día había que esperar a que el motorista volviese con la libertad concedida y sellada a pie del artículo. Era joven Alcántara, del Pueblo y del Ya, dandismo a pie de cuadrilátero, sin que el pañuelo de bolsillo de la chaqueta se manchase de humo, ni del rojo lacre de la gota ciega que la derrota sacudía desde el dolor del rostro hasta el abismo de la lona. En vilo los ojos, amagando un puño en el aire, como si él mismo fuese la sombra del campeón o del aspirante, igual que si quisiera guiarle el ataque al boxeador por el que había apostado el valor de su prosa. A 136,50 pesetas con descuento la crónica urgente, doce minutos para ganarle el combate al tiempo de entrega. Once años de periodismo literario telegrafiado a veces por teléfono o resuelto en tres asaltos: el del templo de la pelea, el del trayecto en taxi, el de a un suspiro de la campana en la entrada de Larra, 14 con olor a plomo. Once años con su derecha eléctrica firmando en Marca el relato épico de un combate, el romance entre poesía y boxeo. Hasta que la muerte noqueó a un púgil con toda la vida por delante, y dejó atrás las voces del Palazzetto dello Sport de Roma, del Regent Palace de Londres, del Palacio de los Deportes de Madrid. Un oficio del que guarda, a sus 88 años, el batín celeste del Puma de Baracoa, un escorzo de peso wélter con chaqueta, corbata de nudo Windsor, zapatos inmaculados en negro y bigote Ronald Colman, como lo dibujó José Luis Garcí en el hermoso epílogo cinematográfico de La edad del boxeo en edición del K.O. y de Agustín Rivera.

Desde entonces y desde antes, recorría el maestro de Umbral y de Garci los días y sus alarmas, sus esquinas y sus callejones, sus discursos oficiales y sus rebeldes pechos al aire. Siempre en una columna de arriba abajo, con el latigazo de un adjetivo zurdo y el sustantivo en guardia. La frase tanteando el instante preciso en el que el verbo encaje y le nuble el vértigo al tema con el que se ha fajado, sin dejar de mostrarle al lector su cara y el relámpago de una prosa en proceso de paz. No pocos premios ha recogido su talento y su labor, su prodigiosa memoria para recitar versos y citas, escenas de cine, requiebros de área, internadas de banda, orquídeas de mujer, anécdotas clandestinas y sin apólogo moral, que no es Alcántara de juzgar ni pontificar. Es lo suyo vivir noble y de frente, con hedonismo mediterráneo y palabra aprendida y desamordazada, libélula y mar, limpia siempre de pólvora y de máscaras. Incuso en Málaga le pusieron su nombre a una plaza. Él hubiese preferido una calle, pero tiene más metáfora lo de darse una vuelta por Alcántara. Aunque todavía falta la escultura forjada por Suso de Marcos, otro maestro que ha hecho de su casa un museo imprescindible, una escuela donde estudiar la magia del volumen y sus vacíos. Igual que el mar abierto de un poema de Alcántara transformado en la vida al cubo.

No quedan maestros con su templanza. Ninguno como él traza tribunales al viento con una pluma de oro Parker Waterman sin que se le tuerza la canción de su letra ni nadie le recrimine un punto y aparte. Y pocos engloban y acogen a tres generaciones de articulistas a los que el hermana en su afecto. Lo mismo que a los directores de los cuatro periódicos de la ciudad, sin olvidar a su inseparable amigo interlocutor, Juan López Cohard, un hombre de palabra y sombrero Welles.

88 años dan para mucho brindis. Cada cual el suyo, y yo el mío, con el cariño y admiración de tantas lecturas y charlas. Qué grande maestro. Un escalón más. La vida prosigue en columna y en combate, ganándole al costado de los días el aire, las esquinas, la campana y su oleaje. Tu palabra no sólo no pierde pie ni comba sino que avanza su abrazo, curtida en trincheras de humo y cuadriláteros de sombras, y enlaza en un poema ese mar con rostro de muchacha para bailar azules en la superficie de un dry Martini: Alcántara perfecto, para celebrar la vida y llenar de nuevo.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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