Impresiones

18.01.2016 | 00:32

Dice el refranero castellano que echar uno su cuarto a espadas es terciar en un debate o conversación y que el origen de la expresión no está en los naipes sino en los maestros ambulantes que iban por los pueblos enseñando a usar la espada en la plaza pública, de manera que el que quería adiestrarse debía echar antes una moneda en un plato. En Texas es ahora legal portar armas en público e incluso las iglesias debaten si se puede asistir a los servicios con un revolver al cinto. Si se enteran de nuestro refrán igual se ponen a dar clases de tiro en las plazas de los pueblos.

Escribo desde fuera de España y creo que eso puede dar cierta perspectiva sobre lo que ocurre, lejos del fragor mediático de juicios y otras distracciones. Y creo que terciar en el debate catalán es algo que me compete como ciudadano preocupado por lo que ocurre en mi país. Me he educado en la escuela de la Transición y he tenido la suerte de poder participar en la pelea por devolver a España al lugar que le correspondía en el concierto internacional tras años de aislamiento y de franquismo.

Lo primero que debo decir es que me gustaría que Cataluña no se separara de España pero también creo que esa independencia sería difícil de parar si la respaldara una mayoría muy clara de los catalanes y se hiciera dentro de la ley. Hoy no se dan ninguna de las dos condiciones y esto es grave porque lo que se pretende hacer no es civilizado ni democrático. Durante muchos años la Iglesia no permitió el divorcio en nuestro país y las parejas vivían auténticos infiernos. Luego llegó el divorcio y la gente pone fin civilizadamente a su convivencia, pero no de cualquier manera sino conforme a la ley y a lo que esta prescribe para solucionar los problemas que crea: custodia de los hijos, manutención etc. Aquí pasa igual. Lo de la mayoría suficiente también es importante porque en caso contrario la situación sería ingobernable. Hoy hay en Cataluña una minoría de catalanes (con mayoría de escaños) que parecen dispuestos a seguir adelante de cualquier manera, probablemente porque comparten la tesis del viejo Lenin de que las revoluciones las hacen minorías decididas que acaban imponiendo su voluntad a mayorías dóciles y ovinas. Lenin tenía razón y no le importaban los costes de actuar así, que son muchos.

El gobierno central tiene una papeleta muy incómoda. En medio de la crisis se encuentra con el desafío independentista que debilita nuestra recuperación económica y al que durante estos estos últimos años no ha sabido dar respuesta adecuada. El "no" es una respuesta, pero no suficiente ni adecuada. El resultado ha sido un aumento espectacular del voto nacionalista, que en pocos años ha pasado de pedir mejor financiación a pedir el ´derecho a decidir´ y por fin la misma independencia. El gobierno promete firmeza y mucho me temo que acabará teniendo que usarla porque con el nuevo gobierno catalán, presidido por un político independentista de estética Beatles con medio siglo de retraso, el proceso de desconexión (banco central, agencia tributaria...) se va a lanzar con un ímpetu que no es difícil de prever. Hoy hay solo tres escenarios posibles: independencia, referéndum o desórdenes callejeros que desemboquen en víctimas y, a ser posible, en mártires. Salvo que se ofrezca a los catalanes un nuevo marco de encaje en España que siegue la hierba bajo los pies de los aventureros, porque las encuestas dicen que lo que la mayoría de catalanes quieren no es la independencia sino otro modelo de relación con el Estado, un modelo que sea más justo y equilibrado desde su punto de vista. Y no hay razón para no encontrarlo cambiando lo que haya que cambiar. Todo es hablarlo y hacer las cosas bien.

Pero para hablar hacen falta dos, como para bailar el tango y no es seguro que la nueva Generalitat quiera hacerlo ni que haya ahora un interlocutor en Madrid. El primer problema es más complicado pero la diferencia de fuerzas es muy grande para ir solo por las malas y los catalanes son pragmáticos en principio. El segundo exige que los políticos de todo el arco parlamentario nacional sean capaces de poner el interés del Estado por encima de sus intereses partidistas e incluso personales, que de todo hay. Es lo que se hizo en esa Transición que los jóvenes hoy desprecian por ignorancia. No debería ser imposible que PP, PSOE y Ciudadanos aparquen estúpidas líneas rojas, todas, y pongan todo encima de la mesa, todo, incluidas las personas, y busquen lo que les une que en estos momentos debe ser mucho más que lo que les separa. Y esto se aplica también a Podemos, que me gustaría verle defendiendo el derecho a decidir „si es eso lo que creen„ en una ponencia de reforma constitucional que solo será posible con una amplia mayoría parlamentaria, como la que todos juntos tienen. A fin de cuentas, ¿alguien cree de verdad que hay más distancia entre Iglesias y Rajoy que entre Fraga y Carrillo? Discútanlo todo, sin excepciones ni líneas rojas, con grandeza de ánimo, y cambien lo que crean conveniente y dennos otros cuarenta años de convivencia democrática como los que hemos tenido con la Constitución de 1978.
Es la hora de la política con mayúscula y de los políticos. Los españoles merecemos que no nos fallen cuando se juega el futuro de nuestro país.
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Jorge Dezcállar es diplomático

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