El Palique

Limasa sin solución

Ni visos de arreglo. Los trabajadores creen vulnerados sus derechos. Y es probable que sea así. Pero también hay caos y absentismo y privilegios

19.01.2016 | 05:00

Málaga está sucia. Limasa no funciona. Hay calles donde no barren, la porquería se acumula, la mugre te salta a los ojos, la costra nos hace compañía. Aceras pardas. Diríase que en algunos barrios no baldea desde Cánovas. Málaga tiene un problema que no tienen otras ciudades que pagan menos por su empresa de limpieza. Aquí hace todo el mundo negocio menos el malagueñito de a pie al que más le convendría ir levitando por según qué zonas para no ponerse de mierda hasta los tobillos. No en el centro-centro, claro, que eso sí se cuida. Basuras sin recoger; enseres y muebles sin recoger; cajas, cartones. Un butacón desvencijado días y días a la intemperie. Y en ese plan. Desidia. Absentismo. Todo, adobado además con nuestro propio incivismo. Que no es poco. Desde las seis de la mañana de ayer, doscientos trabajadores del servicio de recogida secundaron protestas en rechazo a las sanciones que durante los últimos quince días están recibiendo conductores y empleados por hipotético bajo rendimiento. El turno de las 14 sí salió. Habrá asambleas. Nuevas turbulencias. Desde la última semana de 2015 ya son más de setecientas las sanciones impuestas por la empresa, todas a operarios de la recogida. Algunos ya acumulan cinco. Afectan a 178 trabajadores. El resto, están pendientes de que se ratifique o no el castigo.

La solidaridad es edificante, pero si usted no va a trabajar, lo más probable es que lo despidan. En Limasa no pasa. Los trabajadores tienen muchas razones. No es descabellada la tesis de que a menudo los chulean como con el convenio, que el juez les reconoce pero la autoridad política les regatea. Pero a menudo la pierden, esa razón, con las medidas de fuerza.

El alcalde no sabe gobernar Limasa. Lleva desde el año 2000 en el cargo y la limpieza nunca ha sido ni siquiera aceptable. Los beneficios y los conflictos y los chantajes y las amenazas sí han sido el pan nuestro de cada Navidad, de cada enero, de casi cada Semana Santa. De los veranos. En todo esto falta sentido común. Si los operarios y trabajadores consideran que (y es probable que sí) se escamotean los derechos, entonces deberían votar si van a la huelga o no, pero no hacer estas cosas a las bravas. Ni esgrimir ciertos privilegios inaceptables. Ni visos de arreglo.

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