Entre el sol y la sal

Toronto entero

20.01.2016 | 05:00

Resulta que la noticia más leída de la semana pasada en este periódico fue la entrevista al investigador y ecofisíologo Don Francisco López Gordillo, lo cual me alegra y mucho, a ver si nos concienciamos. No sé bien si el éxito de tamaña repercusión se debe al miedo que inspiran las palabras del experto al asegurar que más pronto que tarde Málaga, y por extensión Andalucía, padecerá veranos de 47 grados, que la subida del mar colocará el rompeolas en Antequera y que muchas cosechas no serán sostenibles, o quizá responda al desasosiego que siente uno al leer términos como «refugiado climático», concepto que según afirma el versado científico es cada vez más utilizado por la Cruz Roja. Repito, refugiado climático.

El hecho de que esta entrevista haya generado tanta expectación cobra mayor relevancia si tenemos en cuenta que al mismo tiempo se han constituido el Congreso y el Senado, se han producido varios atentados del Daesh, La Cónsula ha ingresado en la UCI con pronóstico motiruri te salutant y, para más inri, se ha publicado que el Pequeño Nicolás cobra 3.000 euros por cada día de permanencia en la casa de Gran Hermano Vip.

El clima no es verdad ni es mentira, depende del color del cristal con que se mira. Así tenemos el clima meteorológico, que ya hemos visto que augura poca venta de rebequitas de lana y calcetines gordos. También tenemos el clima de crispación en la nueva política, unos provocando y otros tragando quinina porque resulta que ahora la gente, el pueblo, el vulgo, no éramos personas hasta la llegada de Podemos al escaño. No saben Pablo Iglesias y sus secuaces el favor que me han hecho. A mí, que era un pobre autómata narcotizado por los manidos cantos de sirena de PP y PSOE, a mí, que me arrastraba sin rumbo por el barro de lo rancio y lo caduco, a mí, que sin ti no soy nada. Desde las Cortes me han insuflado vida, me han dado una identidad y me han anunciado un futuro prometedor. Éramos bultos sospechosos e inanimados hasta que el Mesías de la coleta nos abrió los ojos y nos hizo conscientes de nuestra propia existencia, como Geppetto con Pinocho, como Jesucristo con Lázaro. Repito, Lázaro levántate y vota.

También tenemos el clima del miedo al terrorismo, un pavor que creíamos olvidado pero que cada día tengo más presente. De hecho, no hay semana que no recibamos un nuevo anuncio del Daesh reivindicando Al-Ándalus como uno de los principales puntos de partida para conquistar toda Europa. Pedro y el lobo sin final feliz, el Don Erre que Erre de los terroristas. Pero repito, cada vez lo tengo más presente.

Y no podemos olvidar el clima de vergüenza ajena, indignación y cabreo que me provocan los programas de televisión con sus nutridas audiencias que priman la poca dignidad y la ausencia de ridículo en vez de buscar el verdadero entretenimiento, porque, o así al menos lo entiendo yo, ver apuñalarse a doce cobayas humanas encerradas en una casa, a una pareja de ilusos casándose a primera vista, o a dos imbéciles en pelotas imitando el paraíso no es un espectáculo. Esto no me apetece repetirlo.

Lo dicho. Entre que las olas de calor van a poner la primera línea de playa en Cáceres, que no me gusta que un político me diga quién soy o dejo de ser, que el terrorismo islámico quiere asesinarme por comer panceta y que en este país cualquier juguete roto gana más dinero que un joven formado; la verdad es que casi entran ganas de huir a un sitio fresquito, alejado del Estado Islámico, donde los políticos no vivan del postureo o el adoctrinamiento, y lo más importante, donde se reconozca la valía de quien se esfuerza y alcanza las metas por sus propios méritos. Repito, se busca pisito en Canadá, céntrico, cocina amueblada y, si no tiene vistas al sentido común, que por lo menos se vea Toronto entero.

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