Tribuna

Destruir después de leer

23.01.2016 | 05:00

Si Rajoy no fuera Rajoy y no tuviera por asesores a ese melonar que tiene subiría a la tribuna del Congreso para su investidura y dirigiéndose a Pedro Sánchez le diría: «A ver, tengo en mis manos su programa de Gobierno». Abriría el librito y leería: «Reforma constitucional», para replicar: «Se la acepto. La reforma va a ser inevitable, y sólo con el acuerdo entre usted y yo podría salir adelante, así que será mejor que la pactemos». Seguiría leyendo: «Reforma del sistema educativo». Levantaría la vista y diría: «Se la acepto. Si pactamos un Gobierno tendremos la oportunidad, por primera vez desde la Transición, de firmar una reforma consensuada que dure veinte o treinta años». Volvería al librito: «Derogación de la Ley Mordaza», y añadiría más presto que en las ocasiones anteriores: «Se la acepto. Claro que sí. Hicimos esta ley para reprimir a los que rodeaban el Congreso y resulta que ahora los tenemos aquí dentro. Esa ley ya no hace ninguna falta. La borramos». Siguiendo el texto con el dedo, localizaría el siguiente epígrafe: «A ver qué dice aquí: derogación de la reforma laboral». Cerraría el librillo tras doblar la esquinita de la página para crear la señal de lectura y mirando fijamente a Sánchez le expondría lo siguiente: «Usted va por ahí diciendo que derogará la reforma laboral, pero no dice cómo será la alternativa. Supongo que la misma que usted votó cuando gobernaba Zapatero. Pues bien, le propongo un mixto, ni para usted ni para mí. Pactemos una ley electoral que recupere básicamente la suya, que a fin de cuentas fue la guía de la mía». Y volvería al libro: «Reforma de la Ley Electoral», para después seguir apelando a Sánchez, ahora con ironía: «Está usted dispuesto a perjudicarme a mí aun a costa de perjudicarse también a usted. Pues bien, si insiste, se lo acepto: reformemos la Ley Electoral, pues ¿qué más da?». Clavaría otra vez la mirada en las páginas del programa socialista y deletrearía, tras observar que el siguiente epígrafe aparecía destacado en negrita: «Plan urgente de choque contra la pobreza y la exclusión social». Cerraría definitivamente el libro y apoyándose con ambas manos en la tribuna diría solemnemente: «Muy de acuerdo estoy con usted. También yo tengo preocupación por los altos índices de pobreza. Hagamos ese plan. Sólo tenemos que ponernos de acuerdo en su coste. ¿Cuántos millones de euros hay que poner? ¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Doscientos? ¿Mil? ¿Tres mil? Relea usted, por favor, los Presupuestos de 2016. Calcule una cifra y dígame de dónde la sacamos. Se la firmo sin mirar». Y tras una pausa, concluiría: «¿Qué? ¿Gobernamos?».

Supongamos que, al constatar que Rajoy había dejado de ser Rajoy, Sánchez habría quedado demudado de estupor. Pero recuperaría pronto la capacidad del habla para replicar: «Se ha saltado usted un epígrafe». «¿Cuál?», diría extrañado Rajoy haciendo un repaso del texto. «No lo ha leído porque está escrito con tinta indeleble». «Ah, pues adelánteme usted lo que dice». Sánchez, ya más seguro, le informaría: «Dice que Rajoy no puede ser presidente del Gobierno». Y Rajoy: «Hasta eso lo podríamos estudiar».

Los dos, Rajoy y Sánchez, quedaron muy lejos de una cifra de diputados suficiente para gobernar con acuerdos más sencillos. El primero carece de ´amigos´ a los que sumar, y el segundo necesita demasiados y muy complicados. Por otra lado, la situación azuza: las inversiones se están retrayendo o situándose en zona de espera; la crisis internacional –China, petróleo...– es la ventisca que viene, como en la película de Tarantino, y finalmente los rotos territoriales ya no admiten remiendos. ¿Podría enderezar esta situación un Gobierno PP, PSOE, C's con el respaldo de más de 250 diputados en el que ninguno de los tres partidos impusiera su programa y con un proyecto de reformas pactadas para formalizar en el plazo de dos años, antes de unas nuevas elecciones? Vale: es el modelo del Ibex, de la gran empresa y de Cebrián, pero si Rajoy no fuera Rajoy e hiciera el discurso que aquí imaginamos, el PSOE lo tendría difícil para trazar líneas rojas y pasaría a ser el partido inmovilista.

Pero, tranquilos, camaradas: Rajoy es Rajoy, ese trasto político que sólo gesticula con espontaneidad cuando ve a un tipo con rastas. O sea, que no hay peligro. Con él, el PP seguirá encasquillado en sus políticas tristes, en sus erre que erre, en su nostalgia del ayer, en su tabarra sobre lo que pudo haber sido y no fue, en su placentera siesta... Tíos, que os quedáis sin los sillones.

(Ruego al lector que destruya este artículo después de haberlo leído, no vaya a ser que estemos dando ideas).

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