Málaga solidaria

Voluntad política

23.01.2016 | 05:00

En diciembre pasado pasé un par de días en Melilla como voluntario de la red euro-africana Migreurop y en colaboración con Málaga Acoge. Mi experiencia confirmó lo que había podido leer en la prensa y en informes de organizaciones no gubernamentales: Melilla simboliza a la perfección la Europa Fortaleza. La ciudad está rodeada por una cuádruple valla, protegida con tecnología punta y cuchillas, muy lucrativa para unas empresas europeas pero que no deja de herir a los que intentan franquearla. La Guardia Civil es omnipresente. Al lado de un vergonzoso campo de golf, un centro superpoblado alberga en condiciones indignas a los que han logrado entrar. Al llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), sus nuevos residentes reciben poca información sobre su situación administrativa y llevan meses esperando su salida a la península, sin saber cuándo exactamente estarán autorizados a tomar el barco hasta Málaga.

A veces, es aún peor. Pude hablar con dos mujeres marroquíes y sus niños sirios que habían sido expulsados del CETI al no estar con ellos los padres sirios. Dormían bajo tiendas de campaña frente al CETI, sin ningún tipo de asistencia por parte de las autoridades. Vivían en condiciones muy precarias, con poca comida y ningún acceso a sanitarios o a un médico. No importaba que un niño de dos años y otra de alrededor de ocho años estuvieran enfermos. Al final, hizo falta la visita de una investigadora de Amnistía Internacional España y la presión mediática para que las autoridades del CETI reintegren en el centro a las dos familias en enero.

Después de mi corta estancia en Melilla, sigo sin entender el tremendo despliegue de recursos en el sistema de vigilancia de la frontera. Se han gastado más de 22.000 euros al día desde 2005 para instalar y mantener la valla fronteriza de Melilla. Esta cifra, altísima, ni siquiera incluye otros gastos como por ejemplo la presencia cotidiana de centenares de guardias civiles en el enclave. Dedicar tanto dinero a la vigilancia de una frontera de 12 kilómetros no sólo es absurdo. Es contraproducente.

Primero, porque las personas seguirán migrando por la guerra, la persecución y la falta de perspectivas de empleo en sus países de origen o con la esperanza legítima de juntarse con su familia en Europa. Y, mientras las fronteras exteriores de Europa permanezcan cerradas, las personas seguirán obligadas a emprender viajes cada vez más onerosos, peligrosos y a veces mortales. Los naufragios en el mar Mediterráneo y el lucro de las mafias sólo existen porque no hay vías de acceso legales y seguras para llegar a Europa.

Segundo, porque el dinero gastado en las vallas de Ceuta y Melilla, así como el gastado en los presupuestos de Frontex (la agencia europea de vigilancia de las fronteras exteriores de Europa) y del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (específicamente dedicado a la vigilancia de la frontera Sur de España), en los vuelos de deportación y en los Centros de Internamiento de Extranjeros, podría servir para integrar mejor a las personas extranjeras recién llegadas a Europa.

En definitiva, con un poco de voluntad política podríamos asegurar a estas personas una acogida digna, para que puedan desarrollar su potencial y contribuir plenamente a la sociedad europea, como lo desea la abrumadora mayoría de ellas.

*Imbert es colaborador de Málaga Acoge

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