Cuaderno de mano

La bolsa o la escritura

24.01.2016 | 11:15

Cada escritor es una isla rodeada de imaginación azul por todas partes. En su centro hay siempre una palmera para poner los sueños a la sombra, y un volcán del que erupciona la fuerza telúrica de su lenguaje. Sólo un niño podría dibujar así un oficio que conjuga tres verbos como mundos por igual. Vivir. Escribir. Viajar. Tres puentes de mando, tres cartas de navegación, tres velas al viento que definen a Robert Louis Stevenson, oculto y eterno en el cofre del tesoro que ha publicado Páginas de Espuma. La intención del editor es que los de antes, los de hoy y los de mañana, naveguemos de nuevo por la vida, los paisajes y la creatividad del autor que nos enseñó que la imaginación es la marca negra que un día inesperado te deja la lectura en la palma de la mano. A partir de ese instante no podemos dejar de enrolarnos en libros que marcan los rumbos de nuestros días, de cruzar diferentes mares para contar nuestra historia, y de aprender cosas hermosas como la importancia de la pasión, de la fuerza creativa y el misterio del color Stevenson. Su receta para convertir la Literatura en un acto de magia. El mejor conjuro para vivir a través de las palabras. Igual que hizo en Samoa donde los nativos le llamaban Tusitala cuando se sentaban alrededor de la noche a escuchar relatos sobre los que también fijaban las estrellas su atención. Tres cuadernos de bitácora para tres rumbos, Vivir, Escribir, Viajar, en los que Stevenson defiende que el verdadero éxito es el esfuerzo, y que el escritor debe escribir para ganar dinero y debe ganar dinero con lo que escribe.

Hacienda no ha leído estos ensayos de Stevenson. Tampoco Montoro ni Fátima Báñez que andan inspeccionándoles los impuestos a los escritores. Su aventura lectora encalló en La isla del tesoro, aunque no entendieron su historia. Ningún escritor oculta doblones bajo una x de arena. Nada tienen que ver con los piratas más allá de tomar la realidad al abordaje. Y el único al que conocí con un Señor Flint sobre el hombro fue al malagueño Rafael Pérez Estrada. Quien, además de maestro en libros de la frontera, oficios del sueño y crónicas de la lluvia y mago sin honorarios en las novelas de Antonio Soler, era un elegante hombre de ley. Los narradores, los poetas, no saben de paraísos fiscales ni de doble contabilidad. El dinero siempre se les adeuda, se les liquida a destiempo y su fiscalidad desconoce el reverso de lo negro. Nunca les llegará el saldo cómo para dejar de escribir al límite de la entrega, en contra de la memoria y de la edad, artículos, conferencias, reportajes, presentaciones. Un escritor no se jubila de las palabras y su mercado porque la literatura no es una profesión económica. No tiene nómina a salvo de las modas, del fracaso de un libro, de la caída de la lectura, de la peligrosa etiqueta de ser un autor de culto y con tan sólo un 10% de derechos de autor sobre la venta de ejemplares. La enfermedad y las vacaciones no figuran en la hoja de ruta de ningún autor que sobreviva de lo que produce.

Los escritores son independientes de una clase media que, desde mucho antes de la crisis, ya sabía lo que era el funambulismo. A ese inestable equilibrio Hacienda acaba de aumentarle el vértigo. Según la reforma de la Ley de Pensiones, aprobada en 2013, los escritores están obligados a elegir entre dos derechos: el que tienen como autores de una obra y aquel que les corresponde como ciudadanos, su jubilación. No pueden cobrar ambos a la vez. Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, Ángeles Caso, Eduardo Mendoza, Luis Landero y Javier Reverte han tenido que pagar multas de hasta 30.000 euros por el cobro simultáneo de la jubilación y los derechos de autor, algo que podía hacerse desde 1998 y que la reforma de Báñez penaliza hasta con cuatro años de pensión. Ambos ministros no han tenido en cuenta que la creatividad no cesa con la edad. Este problema no existe en Alemania, en Francia, en Reino Unido, en Noruega, en Portugal ni en otros países de la UE en los que, como afirma Carlos Muñoz, abogado de la Asociación Colegial de Escritores, está establecido que una vez cumplida la edad mínima de jubilación es posible acumular el cobro de la pensión de jubilación con el ejercicio de una actividad laboral o profesional, sin que exista un límite para los ingresos obtenidos por esta actividad.

La polémica ha encontrado eco en los otros partidos políticos que buscan ganar puntos en sociedad y ya prometen cambiar la ley cuando haya fumata blanca de un Gobierno que no sea accidentalmente provisional. También hay voces que acusan de favoritismo gremial la defensa de los autónomos de la literatura, mientras que a otros con menor reconocimiento social la ley no les permite, cuando se jubilan, echar horas gananciales ni cobrar unos euros por un efímero trabajo por mucha necesidad que padezcan. Es cierto que la penuria es la penuria, sin adjetivos laborales que las diferencien, y que lo suyo es la protección económica de la ley. En cualquier caso es indudable que la precariedad en los ingresos o su carencia habitual siempre ha cosechado víctimas entre la tercera edad de los escritores. Los últimos años de Pérez Galdós estuvieron marcados por el olvido, la indigencia silenciosa y la ceguera. Rosa Chacel y Gabriel Celaya tuvieron que vender su biblioteca personal. Alfonso Grosso falleció miserablemente en un psiquiátrico y José María Gironella murió pobre pelando por recuperar los derechos de autor sobre sus principales obras. Sus dramas tienen herederos: autores que ocultan su situación de fracaso económico porque consideran que le minusvalora socialmente.

Escribir no es llorar, es morir, reformuló Luis Cernuda sobre la celebérrima sentencia de Larra. Su eco resuena en esta época donde la cultura tiene pocas posibilidades de éxito. Y su futuro se presagia peor según el reciente informe de Davos que alerta de que los cambios tecnológicos destruirán más de siete millones de puestos de trabajo antes de 2020, y más cinco millones de personas de se irán al paro para siempre. También que la mayoría de los nuevos trabajos requerirán formación en ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas. Son malos tiempos para las letras. Entre la bolsa o la escritura lo tengo claro. No me jubilaré de conjurar la imaginación y la vida a través de las palabras. Siempre existirá una isla donde la Literatura sea un acto de magia, y también la voz de una denuncia. No dejemos de ser los piratas de Stevenson.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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