Cuaderno de mano

El crepúsculo de los dioses

31.01.2016 | 22:50

La juventud es la desnudez de la vida. La vejez es la ropa arrugada que la viste. La juventud es la inmortalidad de la belleza y del amor. La vejez es la conciencia de sus cicatrices. Mucho se ha escrito sobre ambas, acerca de la manera en la que se entrecruzan y se distancian. También Paolo Sorrentino lo ha hecho con Juventud. Una película que coloca la cámara a la altura de la conciencia y de la sensibilidad para plantear si el tiempo es la sospecha de haber vivido. Y cómo nos enfrentamos a las insatisfacciones del éxito, del amor, del deseo y las expectativas. Al espectador le deja las respuestas. Sobre todo la más importante: si decidimos que la vida nos deja atrás o si le entregamos hasta el final el ánimo y el talento. Me gusta Sorrentino porque en sus películas no hay efectos especiales, humor grueso, violencia maniqueísta ni sexo neumático en su vulgaridad. A él le interesa más narrar las texturas de la vida y sus imposturas. Que la belleza es la forma y el fondo con la que miramos y desde donde sentimos.

Es lo que hace en este poema cinematográfico al mostrarnos como dos amigos, Ballinger y Boyle, un músico y un cineasta, miran el fondo de la vida como algo en suspenso, como un vértigo, como un crepúsculo deshaciéndose dentro de sus renuncias, de sus recuerdos sin rostros, de la caducidad de sus mentiras y de sus sueños. La vida a dieta en el lujoso balneario suizo donde Thomas Mann escribió La montaña mágica. Mitad spa contra la muerte y mitad espacio mental donde los dos artistas sobreviven a su hedonismo atormentado, a la insatisfacción de un presente cautivo de una elegante melancolía y de la resistencia a ser vencido. Ninguno de los personajes tendría tanta piel si no tuviesen la excelencia interpretativa de dos actores que se saben en la misma frontera de sus roles. Inconmensurable Michael Caine. Magnífica la caricia aterida y gris de su mirada, la elegancia de sus frases, de sus movimientos y de sus gestos –cómo le despierta la música a cada instante con un plástico rojo entre las yemas o cómo respira su angustia ante el impacto repentino de un lúcido suicidio–. Pocos son capaces de convertir la actitud apática de su personaje en un hechizo vibrante. Nadie podría darle la réplica como lo hace Harvey Keitel, impresionante también en el gesto de su actitud y su canto del cisne como director en busca de un testamento creativo, compuesto por la edad de la memoria y el difícil final que intentan abrochar cinco jóvenes guionistas. El soñador frente al escéptico. El vitalista y el apático. Observados por un joven actor filosófico que huye del éxito y de los clichés. Decidido a construirse mirando los silencios de los demás. Igual que los dos amigos–cuya única niebla entre ambos es un amor de infancia– él intenta entender su propio vacío y su deseo. Excelente Paul Dano en ese papel que, junto al de la belleza áurea de Madalina Ghenea, representa la juventud en diálogo con la vejez. Dos tiempos, dos mundos, que se cruzan como canciones simples y sin embargo sublimes en su concepto del amor que no fue, de las ensoñaciones, de las elecciones, de cómo incubar el olvido y especialmente de reencontrarse con uno mismo al fondo de la vida y en el equilibrio entre la despedida y el empezar.

Nada le falta a este nuevo Crepúsculo de los dioses con destellos de Fellini y de Antonioni, iconoclasta y existencial. Un ocaso, en el que se pone el viejo cine frente al nuevo lenguaje cinematográfico de la televisión, se enriquece al mostrar en un nivel secundario el del cuerpo en la figura de un obeso Maradona, incapaz de respirar y moverse, simbólicamente real en la divinidad técnica de su zurda lanzando al aire el rebote sucesivo y perfecto de una pelota de tenis. La belleza tiene muchos rostros. Igual que el de la masajista que lee el cansancio y la sensibilidad de los cuerpos, sin entender que la gente tenga tanto miedo a tocarse. El del elegante silencio de un matrimonio mayor unido por el grito desnudo del sexo. O el de la sensualidad de los estados de ánimo de una espléndida Rachel Weisz y las dos maravillosas secuencias de una regia Jane Fonda como una estrella marchitada hermosa en su máscara.

El teatro es un espejo que nos refleja. El cine, un catalejo que nos aproxima y nos distancia la naturaleza de las cosas. Nos pone en posiciones morales en las que nunca hemos estado. Son dos formas de arte que nos asoman dentro de nosotros y nos preguntan de frente respuestas que son secretas. Nunca voy al cine o al teatro para evadirme. Elijo historias que me sigan explicando la magia, los dramas, los sueños, la vida de la que nunca aprendemos del todo. Muchas me han enseñando y continúan haciéndolo a mirar y a contar. Disfruto diseccionando sus vínculos técnicos con lo literario, con lo escénico, con las atmósferas, con esa narración interior que es la música. La relación de complicidad que tiene con la fotografía –sutil y pictórica como la de Luca Bigazzi en este caso–. Me gusta hablar de cine, intercambiar la huella de su estética y sus símbolos, de su relato y sus conceptos, con aquellos a quienes quiero, y con mis alumnos trabajando en su pasión por la escritura. También con mi amigo Emilio de las Peñas –maestro en grandes secundarios de Hollywood– o con Javier Pastor – que a diario se regala películas en las que jubilarse de la rutina y cuya lectura comparte mientras anda en sentido contrario a la vejez–. El cine nos enfrenta a nuestra sensibilidad y a nuestra conciencia. Nos pone en posiciones morales en las que nunca hemos estado o nos narra las aventuras que se desarrollan dentro de los seres humanos– como le gusta hacer a Paolo Sorrentino–.

Cualquier que vea su película debatirá hacia afuera si se trata de una caricatura culta, de una parábola irónica o de una película que emociona con su delicada belleza y su trasfondo humano. Hacia dentro muchos se preguntarán muchas cosas, se responderán otras y algunas las dejarán en sombras o en silencio. Y creo que la mayoría se congraciará con la certeza de que la vejez es el último verso del poema de la juventud. Qué letra y qué música tendrá, es lo que cada uno deberá
decidir.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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