Cartas al director

01.02.2016 | 05:00

Necesario recordar, por Miguel Ángel Loma Pérez
Se cumplen dieciocho años del asesinato de Ascen y Alberto, y muchos pensarán que ha pasado ya suficiente tiempo como para que cada 30 de enero Sevilla siga recordándoles. Que quizás convendría pasar página discretamente y, si acaso, dedicarles una velada mención en algún discursito. Que recordar todo aquello implica revivir el dolor y así nunca avanzaremos... Sin embargo, esto de pasar página, que quizás resulte lo más recomendable cuando se aplica a otro tipo de muertes, o a los agravios y rencillas personales y familiares, no opera igual cuando se trata de crímenes terroristas. Y más aún, cuando los terroristas no sólo siguen presentes y visibles en nuestra sociedad, sino que además son ensalzados como héroes y se exige su impunidad, amnistía o excarcelación al amparo del falaz argumento de que hubo un supuesto conflicto entre dos bandos, y que las víctimas del terrorismo solo fueron inevitables bajas de un desgraciado y doloroso enfrentamiento. Pero una mentira tan grande como ésta, no puede triunfar. Y precisamente es una de las razones para seguir recordando: para que dentro de unos años –ante nuevas presiones o intereses– no podamos olvidarnos de la justicia que reclama la dignidad de aquellas víctimas. Porque por muy multitudinarias que sean las manifestaciones de quienes reivindican a aquellos criminales, que no solo no piden perdón, sino que están satisfechos de sus terribles acciones, podrán hacernos olvidar que en un calle de Sevilla, una madrugada de hace dieciocho años, unos asesinos mataron cobardemente a Ascen y Alberto. Y que Ascen y Alberto no formaban parte de ningún conflicto ni enfrentamiento. Solo era un matrimonio que se quería y que volvía a su casa, a dormir junto a sus hijos, después de cenar con unos amigos.

Toreros al desnudo, por Teresa Herrera Rome
Por supuesto que tiene razón el matador –no puede ser más apropiado aquí este alias– al decir que su conducta ha sido aprovechada por los antitaurinos –ya más del 80 por ciento entre los jóvenes, y creciendo con rapidez– para denunciar el toreo. Máxime porque no se trata de un hecho aislado de un imprudente Francisco Ordóñez, sino que muchos toreros se han solidarizado con él, mostrando que por fama y dinero no sólo con capaces de exponer su vida, sino también la de sus indefensos hijos. Crecido con ese apoyo que pone al desnudo sus pocos escrúpulos, Rivera afirma que puede decidir donde se ve –y lo que hace– a su hija, como si los niños, como en tiempos bárbaros tan lejanos, no tuvieran derechos ya legamente reconocidos. El colmo es que un fiscal lo bendiga diciendo que no veía indicios de que su hija hubiera corrido riesgo, como si una vaquilla no hubiera matado incluso a un torero como Antonio Bienvenida; otro sangrante ejemplo de la ley del embudo, que hay que esperar sea recurrida de inmediato por los verdaderos defensores de los niños.

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