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Decrecimiento (II)

Tendremos que rediseñar la cultura, los valores y los mitos, nuestro modo de consumo y como nos relacionamos: entre nosotros y con el entorno

03.02.2016 | 05:00

La semana pasada explicaba que es el decrecimiento. En este tema sin embargo hay todavía muchas preguntas por hacer y sin responder. Responder estas preguntas desmentirá la creencia de que no hay grandes límites al crecimiento porque no hay límites a la inteligencia, humana, a la imaginación y a la curiosidad. Ha sido precisamente la codicia, la falta de inteligencia, de imaginación y de curiosidad, la avidez y la rapacidad, las que nos han situado al borde del abismo. Por tanto, responder a estas preguntas convertirá el reto del decrecimiento en una oportunidad de vivir, de vivir mejor con menos.

Esta nueva sociedad, levantada sobre la sobriedad y la moderación, estaría organizada en comunidades más pequeñas que las grandes ciudades actuales. El estado actual de la técnica permitiría reducir la jornada laboral. El tiempo sería menos ajetreado, volvería a ser más lento, serían entonces los aromas, sensaciones y recuerdos los que se transformarían en espacios físicos o mentales. Con ello el espíritu se vaciaría de lo inútil, de los deseos que hacen el tiempo breve, efímero. Dedicaríamos así más tiempo a fortalecer los lazos interpersonales. El apoyo mutuo sería regla. En consecuencia, estas comunidades serían más fraternales. El aire, la tierra y el agua tras un tiempo estarían limpios. Significaría no admitir el beneficio de unos pocos a costa del de todos. Representaría organizar la sociedad con más sentido común. Y usted, ¿imagina cómo sería su vida en esta sociedad? Visualice como sería la convivencia, su alimentación, la naturaleza, la economía, la energía y el transporte que se usa.

Aún con errores, cualquiera que sea la dirección que tomemos habremos avanzado: la agricultura será ecológica, habrá más huertos urbanos, circularán menos coches, las energías utilizadas serán renovables, existirá una renta básica universal o similar, serán muy comunes modelos de intercambio de bienes y servicios sin dinero, el voluntariado y las redes e iniciativas de apoyo. Habrá más respeto a las personas y su diversidad. La creatividad y el arte serán muy importantes. Ahora estamos pasando de las ideas a la acción. Tendremos que rediseñar la cultura, los valores y los mitos, nuestro modo de consumo y como nos relacionamos: entre nosotros y con el entorno.

Estamos reaccionando ante la evidencia de la necesidad de cambio, aunque todavía de manera incipiente e insuficiente. Un ejemplo local de esta reacción es la iniciativa, en la ciudad de Málaga, que pretende transformar un espacio industrial abandonado en un hábitat arbóreo con un ecosistema propio a semejanza del Central Park en Nueva York, el Hyde Park en Londres o el parque del Retiro en Madrid. Otro ejemplo a escala europea (que no es una estrategia de decrecimiento) es el modelo de bioeconomía sostenible que está desarrollando la UE para transitar de una economía del petróleo a una sociedad basada en los recursos renovables. Para su implementación una de las regiones elegidas ha sido Andalucía.

Ahora que hemos aprendido que planeta, persona y sociedad son la misma cosa es tiempo de sinceridad y de ser prácticos, porque no hay tiempo para excusas ni fracasos. Es tiempo de adoptar la velocidad adecuada, de innovación, de eficacia y de compromiso, es tiempo de reinventar, renovar y restaurar, es el tiempo de la ciudadanía de la tierra. Hasta el próximo miércoles.

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