Málaga de un vistazo

¿Lloverá?

12.02.2016 | 05:00

Cuando al Monte San Antón –que diviso desde la ventana de mi despacho– lo cubren unas románticas nubes negras, dejo lo que estoy haciendo, desempolvo el chubasquero, me calzo las botas de agua, cojo mi paraguas y doy varias vueltas a mi barrio. Una costumbre como otra cualquiera, pero, según las malas lenguas familiares, es que me sale mi vena gallega. ¡Qué tontería, oiga! En las tres cuartas partes del siglo que tengo sobre mis hombros he visitado mi patria chica la friolera de siete u ocho días, y eso que lo calculo a lo grande. Sin embargo, ningún pariente tiene en cuenta los muchos años que viví en Sidi Ifni, antigua África Occidental Española o en el norte de Marruecos exespañol. Cierto es que los años de la infancia te marcan para siempre, por eso llevo en mi muñeca derecha una pulsera o esclava de plata con el escudo de Ifni gravado de la que nunca me he desprendido. Me la hizo un maharrero o platero saharaui, sentado en el escalón que daba acceso a mi casa. Cuando he tenido que pasar por un quirófano las enfermeras, amablemente, me la han prendido pulsera a la camilla, a petición mía, porque estaba segura de que me protegería de males mayores. Eso es la Fe, que no sana pero te hace creer que sí. A veces deberíamos ser más condescendientes con las personas muy, muy beatas. ¿Quiénes somos nosotros para opinar sobre el buen o mal hacer de nuestros semejantes?

No hace mucho fuimos a visitar a unos parientes que viven al otro lado del Estrecho. Lo pasamos muy bien sobre todo porque el tito hablaba siempre con refranes. En un principio te daba pena oírlo porque lo recordábamos como un señor cultivado, muy serio, muy callado. «La prima», me dijo: «No sufras, nunca ha sido tan feliz como ahora, por eso doy gracias a Dios por ello». Y yo pensé que «Lo bien hecho, bien parece». ¿O no?

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