La Mirilla

La sombra del padre

12.02.2016 | 00:50

Mira que hay padres exigentes. Algunos sólo queremos que nuestros retoños sean felices, decentes y no hagan daño a nadie, y nos hinchamos de orgullo el día que aparecen con un sobresaliente o ceden el asiento del bus a una ancianita. Pero otros no se conforman con nada. Un caso extremo es el de Mauricio Macri, que ha tenido que llegar a presidente de Argentina para que su padre, Franco Macri, le reconozca su valía y le apoye. Tras una vida de desencuentros, por fin Franco, a los 85 años, muestra admiración por su hijo, y lo hace a lo grande, en una carta pública en la que afirma que «tal vez competí con él cuando se fue convirtiendo en un hombre,» y que «tardé años en perdonarle que se hubiese ido de las empresas que con tan duro trabajo había fundado». Sólo cuando su hijo llegó a la presidencia afirma que «supe que debía dejar atrás cualquier fricción con Mauricio y darle mi apoyo. Me dirigí al búnker de Cambiemos para estrecharlo en mis brazos» Entonces cuenta que su hijo, emocionado, le dijo: «En algún lugar, uno siempre espera la aprobación de sus padres. El abrazo que me dio ayer, con los ojos vidriosos... ya está». No sé si oyen música celestial de fondo pero la merece. Y es que padre e hijo han pasado la vida compitiendo. Dicen que hasta sus novias eran de la misma edad. Los desencuentros empezaron cuando Mauricio, al que su padre desde niño preparó para hacerse con sus empresas, empezó a distanciarse y a cuestionar a su padre y optó por hacerse con la presidencia del club de fútbol Boca Juniors, aventura que le abrió las puertas a la política aupándolo a la alcaldía de Buenos Aires pero que no contó con el beneplácito del padre. El intento de Mauricio y sus hermanos de sacar a su padre de la dirección de una de sus empresas y el continuo apoyo del progenitor a los gobiernos de los Kirchner, opositores políticos de su hijo, colmaron el vaso. Al final esta historia con tintes shakesperianos tiene un final feliz, pero a tantos y tantos vástagos que buscan la aprobación paterna les ha hecho la puñeta. No hay tantos países en el mundo para que todos lleguen a presidentes.

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