Redacción siglo XXII

15.02.2016 | 01:59

En su discurso inaugural de la redacción del siglo XXII, Jeff Bezos, propietario del «Washington Post», aseguró que era necesario mudarse a otro edificio para poder mirar al futuro «sin que la nostalgia del pasado termine siendo paralizante».

El pasado arrastra demasiada gloria para el periódico que destapó el «caso Watergate» y algún que otro tropiezo histórico. Las cabeceras de prensa, todas, están expuestas al éxito y al fracaso; tratan día a día un paño frágil, en ocasiones hasta delicado.

En los periódicos de hoy, hipotecados por una muerte prematura anunciada hace ya unos cuantos años, además de la merma del negocio, la única nostalgia que embarga es la del periodismo de toda la vida. Algo que ha ido desapareciendo paulatinamente de muchas redacciones no por los avances tecnológicos que ponen en cuestión la relevancia del papel, sino por otra serie de razones: entre ellas, el eco magnificado de las redes sociales, los filtros de las noticias, los gabinetes de comunicación, la disminución de los recursos y cierta sumisión al poder.

El «Post» tiene en su Live Center de Washington, como ha dicho su director, Martin Baron, una pista para despegar y arrebatarle la hegemonía al «New York Times»: oficinas distribuidas en dos pisos y diseñadas para interconectar las distintas secciones del periódico. Ya que no abundan los enviados especiales los redactores y los editores disponen de dos decenas de grandes pantallas para ver lo que se mueve en el mundo en cada instante, los periodistas trabajan junto a los ingenieros de élite preparados para adoptar dispositivos y plataformas que aún no se han inventado, etcétera.

Desconozco si entre ellos se encuentran los futuros Bradlee, Woodward y Bernstein, y si el teléfono desde el que hablaban con su Garganta Profunda se ha salvado en la mudanza. ¿Es ésa la nostalgia?

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