Crónicas galantes

El 15M llega a Estados Unidos

16.02.2016 | 05:00

Creíamos que solo había gente indignada en la Europa de Podemos, del Frente Nacional y de Beppe Grillo, hasta que las primarias de Estados Unidos han venido a sacarnos del error.

También allí triunfan los candidatos antisistema como el republicano Donald Trump o el demócrata Bernie Sanders, que acaban de ganarles el primer asalto para la presidencia a las figuras del establishment. Los –por ahora- derrotados Jeb Bush y Hillary Clinton representarían, en efecto, a la casta de las familias de toda la vida que venían reinando en ese país. Igual que aquí el PP o el PSOE.

Por una vez y sin que sirva de precedente, Europa sirve de inspiración a Norteamérica y no al revés, aunque solo sea en estos asuntos políticos de menor cuantía.

Trump, el irascible hombre del flequillo, sería el equivalente yanqui de la fascista Marine Le Pen, que acaudilla en Europa el movimiento antiglobalización y quiere restablecer las fronteras nacionales abolidas por la UE.

El americano va un poco más lejos que Le Pen con su idea de blindar a base de muros el territorio de los Estados Unidos, deportar inmigrantes y prohibir la entrada en América a los musulmanes y otras gentes de mal vivir; pero en el fondo se trata aproximadamente de lo mismo. Antes que en la extrema derecha, el extravagante candidato republicano podría ser encuadrado dentro de la extrema chifladura; por más que una cosa no resulte incompatible con la otra.

Por la banda de la izquierda –concepto algo exótico en Norteamérica–, el que ha dado a su vez la campanada es Bernie Sanders, un socialdemócrata a la escandinava que allí equivale a un socialista radical lindante con el comunismo. A su lado, Barack Obama parece un tipo de derechas, para entendernos.

Sanders propone herejías tales que la necesidad de subir impuestos, la igualdad de ingresos y el establecimiento de una sanidad pública universal como las que existen en Europa o en el Canadá vecino de Estados Unidos. Y al igual que su contrincante Trump, la francesa Le Pen o el líder español de Podemos, Pablo Iglesias, declara sin complejos su alergia a la globalización. Por distintas razones, claro está.

El precandidato demócrata a la presidencia de Norteamérica –es decir: del mundo– considera del todo intolerable que las empresas estadounidenses trasladen sus fábricas a otros países para ahorrar dinero en mano de obra. Cierto es que no aclara cómo se podría evitar esa enfadosa mudanza –a China, mayormente– en un mundo donde las fronteras perdieron ya casi cualquier sentido; pero tampoco es cosa de entrar en detalles.

El caso es que incluso Estados Unidos, nación que hasta ahora comía rancho aparte, parece estar perdiendo la famosa «excepcionalidad» que la hacía única y diferente a las demás del planeta. Allá, como en la vieja y famosamente decrépita Europa, surgen candidatos que –ya sea a la izquierda, ya a la derecha– cuestionan la esencia del sistema e invocan razones tan extrañas para la mentalidad liberal americana como la raza, la estirpe o, en el caso de Sanders, el socialismo.

No es seguro que Trump y Sanders vayan a echar el pulso final por la presidencia yanqui, pero de momento han empezado por ganarle el primer round a los representantes de la casta política tradicional. Quién nos iba a decir que los indignados del 15-M cruzarían el océano hasta llegar a las mismísimas puertas del imperio.

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