360 grados

El colador libio

El mayor peligro es que el Estado Islámico extienda su área de influencia hacia el sur y se una a otras organizaciones terroristas

18.02.2016 | 05:00

Mientras la Unión Europea presiona a Turquía para que deje pasar a las decenas de miles de sirios que, huyendo de su país en guerra, se agolpan en su frontera, otro Estado fallido, Libia, se está convirtiendo en un enorme colador explotado por las mafias.

Si ese país norteafricano que fue del coronel Gadafi derivaba antes la casi totalidad de sus ingresos de la producción de hidrocarburos, tanto el petróleo como el gas, hoy se ha convertido, según Italia, su antigua potencia colonial, en un nudo de tráfico de seres humanos.

Eunavfor Med, misión de la UE en el Mediterráneo, calcula que hasta un 35 por ciento del producto interior bruto de ese país, es decir alrededor de 13.000 millones de dólares, se deriva del tráfico de gente desesperada que trata de alcanzar las costas de Europa.

Medios italianos calculan que un solo viaje por mar puede reportarles a los individuos sin escrúpulos que lo organizan sin preocuparse demasiado de sus riesgos para los viajeros unos 34.000 euros.

Hay semanas de tráfico intenso en las que salen de las aguas libias hasta veinte barcos y los organizadores de esas travesías pueden ingresar hasta 300.000 euros.

Las tarifas medias que cobran los traficantes oscilan entre 8.000 y 12.000 euros por persona, y los traficantes tratan de maximizar sus ganancias llenando lo más posible y de modo peligroso las frágiles embarcaciones.

Pero ese tráfico de personas no sería posible, denuncia el semanario L´Espresso, si en la otra orilla, en Italia, no hubiese quienes «lo fomentan y se benefician de él».

«Si en 2014, el volumen de negocios de esos nuevos esclavistas se calcula que alcanzó en torno a los 1.000 millones de dólares, con más de 170.000 llegadas por mar, el año pasado, cuando casi un millón de personas desembarcadas, el tráfico puede haber supuesto casi 6.000 millones de dólares de ganancias», escribe la revista.

Mientras tanto, la ONU trata de poner algo de orden en ese país en el que hay dos gobiernos y dos parlamentos, cada uno en una parte del país, donde campan por sus fueros diversas milicias y el ISIS (Estado Islámico) ve grandes posibilidades de expansión.

Y éste es precisamente el mayor peligro, como explica el veterano diplomático alemán Martin Kobler, que trata de mediar entre los dos gobiernos en nombre de la ONU.

Para Kobler, no se puede abandonar a su suerte a ese enorme país de sólo seis millones de habitantes, que es a la vez árabe y africano, tiene estrechos lazos con Europa y está cada vez más amenazado por ISIS hasta el punto de que entre dos y tres mil de los que allí combaten son extranjeros.

El mayor peligro, según ése y otros expertos, es que el Estado Islámico extienda su área de influencia hacia el sur y se una a las organizaciones terroristas que operan tanto en Níger como en Chad y se dedican también al tráfico de personas, actividad en la que los yihadistas están cada vez más implicados.

Es sabido que ISIS busca al mismo tiempo el control de los pozos petrolíferos y las refinerías libias, importante fuente de beneficios para la causa terrorista, algo que no podrá seguramente impedirse con ataques desde el aire, como estudian EEUU y sus aliados, sino con el envío de tropas terrestres, a lo que, como ocurre en Siria, nadie parece estar dispuesto.

Al mismo tiempo, los propios libios, de la facción que sean, parecen rechazar tajantemente la presencia de militares de países occidentales, que no harían, según ellos, más que atraer a su vez a jóvenes combatientes de otros países del Magreb.

Hay quienes echan ya de menos a Gadafi, pese a haber apoyado en su día la revolución que lo derrocó, porque, como explicó a la prensa un padre de familia, «antes teníamos electricidad gratuita y mis hijos podían estudiar e ir al médico».

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