Crónicas galantes

El califato de Brian

21.02.2016 | 05:00

Una bandera negra del ISIS ondea en la plaza de San Pedro, próximo reducto a conquistar por los califas que se han establecido en Siria e Irak y desde allí resisten a los bombardeos del infiel. De momento se trata solo de una imagen virtual publicada en su revista Daqib, órgano de agitación y propaganda; pero lo que importa es la intención.

Primero montaron el califato y ahora, en estricta consecuencia, han fijado como objetivo la sede del eterno enemigo que sigue estando en Roma. Para completar el viaje en el túnel del tiempo ya solo falta el regreso de Almanzor y que el apóstol Santiago baje a su vez de las alturas a alancear moros en la fabulosa batalla de Clavijo.

Lo del Estado Islámico de Siria e Irak (o ISIS, abreviando) parece una reedición en formato de tragedia de la memorable película La vida de Brian, que por cierto produjo el beatle George Harrison.

La realidad tiende a imitar al Séptimo Arte, de modo que las lapidaciones, las crucifixiones, los profetas, los ermitaños y las mujeres barbudas que tanto nos hacían reír en la peli son ahora la cruda realidad diaria en la superproducción que dirige el ISIS en escenarios naturales. No conviene dar ideas, porque siempre habrá gente sin sentido del humor que las aplique al pie de la letra.

Lamentablemente, los barbudos del Daesh se establecieron en el territorio que ahora señorean gracias a la desatinada invasión de Irak perpetrada hace más de una década por George Bush El Joven, a la sazón emperador. Bush era un alcohólico rehabilitado, lo que tal vez ilustre sobre los peligros de dejar de beber. Sobre todo, cuando uno está al frente de la gendarmería del mundo.

Nadie le había enseñado a Bush la sutil distinción que otro presidente, Franklin Roosevelt, establecía entre los dictadores amigos y los enemigos. Del sátrapa nicaragüense Tacho Somoza, por ejemplo, solía decir con lenguaje un tanto abrupto que «quizá sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Efectivamente, los americanos lo habían elevado al poder y lo empleaban –a pesar de sus brutalidades– como peón de su patio trasero, que entonces era el ancho territorio de Latinoamérica.

Poco versado en estas tradiciones históricas, Bush se empeñó en derrocar a Sadam Husein, que había sido el hideputa de USA en Iraq frente a la amenaza de los ayatolás de Irán. Inevitablemente, la invasión desarboló al país y el vacío de poder subsiguiente no tardaron en ocuparlo los animosos cortacabezas del ISIS.

El resultado es el nacimiento de un multitudinario grupo terrorista con espacio propio, desde el que está organizando una delirante reedición de las guerras contra los cruzados. Quieren la revancha o, al menos, una prórroga del partido que perdieron hace siglos: y no puede decirse que les vaya del todo mal. Por el momento ya han conseguido llenar Europa de refugiados, atentar en las principales ciudades del infiel y sembrar la discordia en un Occidente que no sabe muy bien cómo afrontarlos. 

Después de amenazar reiteradamente con la reconquista de Al Andalus y el salto a esta orilla del Mediterráneo, solo era cuestión de tiempo que izaran su bandera –aunque sea de modo virtual- en la Roma que ilumina sus desvaríos. Entre unas burradas y otras empiezan a parecer el califato de Brian, pero no es cosa de tomárselo a risa. Son muchos, van sobrados de kalashnikovs y, por desgracia, esto no es una película.

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