A divinis

El Papa cayó en la trampa

21.02.2016 | 01:39

Era diáfano que el aspirante republicano Donald Trump quería un duelo dialéctico con el Papa Francisco –durante el viaje del Pontífice a México-, y lamentablemente lo ha conseguido a mayor gloria de su renombre en esa amplia parroquia cristiana conservadora (y no tanto católica) del Sur de EE UU, la más numerosa y feroz del mundo. Durante su viaje de vuelta a Roma, Francisco afirmó que «una persona que piensa sólo en hacer muros, sea donde sea, y no hacer puentes, no es cristiano». El muro es el que Trump anuncia para la frontera de EE UU con México, es decir, una operación de 2.500 kilómetros de hormigón y 11 millones de deportados. Pero el bloqueo a cualquier tipo de inmigración está condenado por la Doctrina Social de la Iglesia, que la defiende en cualquier frontera y bajo el principio de que las personas pueden aspirar a mejorar su situación (la misma Doctrina Social admite también que el país receptor tiene derecho a que dicha inmigración se realice de forma ordenada y sin graves perjuicios para su territorio).

Pues bien, Trump esperaba agazapado y le ha respondido al Papa: «Él desearía y rezaría para que yo fuera presidente si el Vaticano fuera atacado por el Estado Islámico»; y agregó: «Que un líder religioso cuestione la fe de una persona es vergonzoso». No obstante, poco después el aspirante declaró a la CNN que el Papa es «un tipo maravilloso».

Pues bien, si Trump alcanza la presidencia pueden suceder dos cosas: una, que declarará alguna guerra (sólo el Ejército terrestre de EE UU tiene capacidad para frenar en sus territorios al demencial Estado Islámico, aunque entonces este mutará y se dividirá como la hidra en otros movimientos); y segunda, que el neopresidente acudirá al Vaticano a arrodillarse delante del Papa, del actual o del siguiente.

En cuanto a las palabras de Francisco, han sido un error táctico importante. Sería como hablar de Putin, por poner otro caso. Son palabras equivocadas en sí mismas y en cuanto a que el aludido Trump se está aprovechando taimadamente de la fuerza de la religiosidad menos civilizada de EE UU. Clemenceau decía que EE UU es el país que ha pasado directamente de la barbarie a la decadencia sin el estadio intermedio de la civilización. Ésta es una afirmación bárbara, pero en términos religiosos cabe darle cierta credibilidad. Trump alimenta esa «religión americana" que Harold Bloom examinaba en su libro homónimo, esa corriente formada por mormonismo, adventismo del Séptimo Día, testigos de Jehová, pentecostalismo, bautistas, fundamentalistas del Sur, etcétera. Su etiqueta primordial dice dos cosas: cada individuo puede recibir directamente la inspiración de Dios (un Papa y todo lo que comporta sería innecesario para ellos), pero su Dios casi siempre les dice que el cristianismo está en guerra contra ese mal multiforme que unas veces es el Evolucionismo, otras el racionalismo occidental, y otras el individuo extranjero.

El Papa Francisco ha caído en esa trampa latente de un cristianismo sin conceptos lógicos, teológicos, greco judaicos, helénico romanos, escolásticos, etcétera. Un cristianismo en el que cualquiera puede fundar una nueva iglesia y en el que Trump se ha constituido en profeta que lleva en la mano una Biblia que no sabe leer.

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