Mal de Ojos

Tiempos de 'streaming'

21.02.2016 | 01:39

No digo como decía en Más vale tarde Miguel Ángel Aguilar. Yo quiero «streaming», yo quiero «streaming». El periodista de melenita blanca, ondulada, es un cachondo, y su sonrisa, a estas alturas del análisis, es un editorial. Cuando escucha a los políticos, el realizador del programa abre una ventana al lado con la cara y los gestos de Aguilar, y si al final de la perorata del político Miguel Ángel se sonríe como un conejillo, malo, pinta mal la cosa. Si él quiere streaming –ya sin comillas–, yo también quiero streaming. Es la nueva ola. Contra el presidente plasmado, los aspirantes transparentes. Contra la política de las grutas tenebrosas, la política del ventanal. Se reúnen, y a los dos segundos ya están ahí, en casa, ante los micrófonos y las cámaras. Es lo último. Nada de reuniones secretas en tugurios de tiniebla y sofoco de humaredas. Ahora se vive la política como Cristina Pedroche vivió la Nochevieja, con el chotillo al aire. Nuestros políticos más jóvenes le han cogido el gusto a ir corriendo al confesionario, como concursantes de Gran Hermano, para ser los primeros y chivarlo todo. En el Congreso de los Diputados hay un set en cualquier rincón, y da la sensación de que hay colas esperando a que Susana Griso termine con Pablo Iglesias para que entre al programa de Ana Rosa antes de que se lo lleve Antonio García Ferreras, que habla con Albert Rivera porque luego no puede ya que Javier Ruiz lo tiene en el sumario de Las mañanas de Cuatro, a donde veo como tertuliano, por cierto, al sin par Alfonso Merlos, un crack que hace del periodismo un karaoke donde importa un truño el rigor porque lo que se busca es la francachela con los amigotes. Hoy, el periodismo en televisión es el periodismo del minuto y resultado. Está pasando, se está contando. Está pasando, se está viendo. Como ha escrito mi colega Rosa Palo, el destape era esto.

El pelucón

Pero a mí me mosquea tanto tul informativo, tanta aparición de políticos en pelotas con el corazón en la mano sólo envuelto en gasas, organza, o muselinas. ¿Qué hay detrás? No hay mejor forma de ocultar algo que dar la sensación de que vas en bolas. A algunos les pilla esta racha con el pie cambiado, y por eso ahora vemos a Mariano Rajoy con el ojo perdido, desbocado, sacado a la arena a empujones, sabiendo, como dijera Ortega Cano en su hit «Estamos tan agustito», que repantigado en el sofá vería caer de la parra a estos jovenzuelos de la transparencia y otras bobadas, que él es perro viejo y en los últimos meses ha criado costra de gran cínico. Y por eso se pasa las ruedas de prensa por el sobaco, casca como una cotilla de José Mota, pierde el tiempo disparando el primero y atontando con sus soflamas a la jauría de noqueados informadores, da voz al periodista pijo Pablo Montesinos, onda PP, corazón de gaviota, y así se quita de golpe las preguntitas toca pelotas sobre la corrupción, y en cuanto la cosa se pone fea, hala, con cara de debate, o con amago de abrocharse la chaqueta para no saludar a Pedro Sánchez, dice adiós o, usando sus propias palabras, ha sido un encuentro notable, pero hasta aquí hemos llegado. Y se va con viento fresco. Rajoy entiende la transparencia informativa como un intrusismo en su intimidad, al estilo, menos rabalero, de Marta Ferrusola, que la entiende mandando a la mierda a la reportera que le pregunta. O callando ante el juez, puñetas, qué se habrán creído estos españoles. Vuelvo al principio. Quiero streaming, sí, pero para saber cómo consigue ese pelucón la esposa de Alfonso Rus. Notable. ¿Esconderá 10.000, 11.000, 12. 000 euros, dos millones de peles? Ya ven, me conformo con pocas cosas como espectador televisivo.

Eres el mejor

Pero no todo va a ser exhibición. Frente a la transparencia y el escaparate, la huida y el escondite. Memorable la actitud de Pepa Flores, que enterró para siempre a Marisol y jamás la sacó del sarcófago. Tiró la llave al mar de Málaga. Hace unos días le otorgaban la Medalla de Oro del Círculo de Escritores Cinematográficos, pero la tía, coherente, no apareció. Ese mundo ya no es su mundo. Decidió ser anónima. Pepa, hermosa en su silencio, es una estrella de Neruda que titila a lo lejos. No así Fátima Báñez, perdón, lector, por susto tan morrocotudo. A esta señora le pagamos entre todos el sueldo, está a nuestro servicio, pero jamás ha concedido una entrevista en la tele para explicar su trabajo más allá de un aquí te pillo aquí te pregunto en una rueda de prensa ventilada en unos minutos. A la colega no hay hurón mediático que la saque de su madriguera. Miento. Ha salido dos veces para pasárselo pipa en su plató favorito. Siempre el mismo. Siempre en 13tv. Siempre para hablar con Antonio Jiménez, el que le pone el cascabel al gato de la izquierda. La primera visita fue en junio del pasado año. La segunda, hace dos semanas. Ella no se mueve si no se lo pide o este gatero amante de las gaviotas o la virgen del Rocío. Así que nada de streaming, ¿Dijo algo vital para este país? Sí, basura de mitin. Bravuconadas de fantasma en un partido que desde el domingo, después de misa de 12, se deshilacha, ahora sí en directo, ante la atónita audiencia. Got Talent, pareció murmurar de sí misma Esperanza Aguirre en su oración de despedida. La pecadora enviaba recados a un Rajoy catatónico manejando un PP a la deriva. La lideresa sí tuvo corazón de streaming mucho antes de los tiempos del streaming. Se va como presidenta del PP madrileño, hasta nueva dimisión, guiñándole sus ojillos a Mariano Mariano, señalándole la puerta de salida, ay, qué hombre. Mira que si nos da el chasco y, en un alarde de modernidad, va y dimite rodeado de cámaras y micros en hora de máxima audiencia. Si se da prisa incluso puede hacer bolos en Gran Hermano VIP. Ah, hace unos días pasó por Murcia el hombre plasmado. Me imagino a Ramón Luis Valcárcel, expresidente autonómico, rezar por lo bajini para que el Gran Líder no le dijera, «Ramón, eres el mejor», palmadita que se ha convertido en la antesala de la sospecha, el banquillo, o la cárcel.

La guinda

Cambalaches
No es que esté a la deriva, pero se parece mucho a ese concepto. Cuatro no sabe qué hacer, con qué puñetas rellenar la conocida como hora de acceso a la hora de máxima audiencia. La hora que ocupa El Intermedio en La Sexta y El hormiguero en Antena 3, o Gym Toni en Cuatro. Pero desde el lunes Cuatro cambia de rollo y saca a Miguel Ángel Oliver al grito de Toma partido. Si lo que mola es el churro, se venden churros. Punto.    

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