Tribuna

La entrañas de una Medalla

01.03.2016 | 05:00

No hay nada que cueste más trabajo y desasosiego a un periodista que tener que escribir de uno mismo. Pero me encuentro en la obligación de recurrir a las páginas de este periódico, que tanto quiero, para devolver las muestras de cariño recibidas porque se me concediera la Medalla de Andalucía. No es normal un guiño de este tipo a los periodistas, condenados casi siempre a bailar con la más fea. Han sido numerosas las personas que dejaron en mi cabeza y en mi corazón palabras y recuerdos que algunos de ellos se remontan a más de medio siglo cuando en Chauchina, mi pueblo, vivíamos en la lucha, tal cual han escrito otros chauchineros de corazón y de hechos, Nicolás Gutiérrez Gorlat y José Guerrero, de abrirnos camino en la escuela, sin apenas perspectivas de poder estudiar. Yo fui un privilegiado porque pude hacerlo. Por eso, cuando ahora me llama mi alcaldesa, Encarni García, para invitarme a la inauguración oficial de un nuevo colegio en mi pueblo, me digo y así lo siento, que la lucha emprendida aquel 28F de 1980 ha servido para algo; yo diría que para mucho.

Pero a lo que voy. Gracias a tanta gente y a la más próxima, mi familia, más la presencia viva de tres artistas especiales, que recorren los cielos de la esperanza y que cuando les llamas siempre responden. Yo llevo el nombre de uno de ellos, Juan de Dios, aunque no su sabiduría y su saber estar como padre y amigo. Y estaba mi madre Angustias y mi hermano Víctor, apasionado defensor de lo nuestro y vitalista entrañable de un ejercicio al que somos poco dados como es cultivar la amistad y si no lo creen que se lo digan a Miguel Sánchez, a Rafael de la Fuente, a Luis Callejón, a Rafael Fuentes, Custodio Calvo, a Nicolás y a tantos otros. Pues allí, en la noche antes del acto de la entrega de las medallas, pude cocinar muchos recuerdos con la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, y poder refrescar hechos históricos que tienen marcada mi agenda en rojo y, como no podía ser de otra manera, la inmensa satisfacción de compartir mesa y mantel, bajo la atenta mirada profesional de la brigada y de su director del Hotel Escuela Convento de Santo Domingo, de Archidona, con comensales de buen paladar y de mejor cabeza. A mi lado, Pilar del Río, recordando viejas amistades con el Nobel, su compañero José Saramago; a otro lado, Luis García Montero, utópico amante de lo imposible, pero que lo hace poesía, y enfrente a Jesús Maraña recordando viejas batallas periodísticas en las que se luchó por lo que ahora tenemos, capaz de diseñar con un cartabón lo que está por venir.

Quiero recordar cómo Susana Díaz y su consejera de Cultura, Rosa Aguilar, se integraban en la conversación y el consejero de presidencia, Jiménez Barrios, se quitaba el cansancio a manotazos porque reivindicar la Transición y la Autonomía andaluza no es moco de pavo. Chiqui, que así le llaman los amigos, confesó haber llorado cuando en El Casino de la Exposición se recordaba la noche del 28F, hace ya 36 años. Susana Díaz no lo dijo pero de su cara se desprendía haber vivido momentos inolvidables, con el corazón en un puño y ojeras profundas, cuando Rafael Escuredo le hizo entrega de la blanquiverde, que había sido siempre su norte y pintada por Genovés.

Perdonen quienes hayan llegado hasta aquí en su lectura. Pero tengo más. Yo he asistido a la entrega de medallas en más ocasiones. Nunca pude saludar al líder del PP andaluz, Javier Arenas, que prefería una cervecita fresca antes que acercarse al teatro de La Maestranza. Este año no. Allí estaban haciendo honor a su partido y al Día de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla, el líder del PP andaluz, y Antonio Sanz. Son nuevos tiempos, son nuevas maneras de acercarse a hechos que señalaron en rojo la reciente historia de Andalucía. Y a mi lado, en el estrado, penándole los años y el cansancio, pero no la vitalidad de consorte luchadora, Josefina Samper, la esposa de Marcelino Camacho, que con puños en alto saludó alborozada como una niña recibir la medalla, desgranando una sonrisa de oreja a oreja la presidenta andaluza.

Con todo, hay dos momentos grabados a fuego en mi corazón. Uno, cuando en el auditorio Pablo Ruiz Picasso de Torremolinos en el programa de Canal Sur radio que dirige Rafael Cremades el chaval que había sido operado por el dr. Arráez (con su equipo también merecedor de la medalla) tocó con el saxo que le ha hecho famoso el himno de Andalucía. El alcalde José Ortiz se quedó sin aliento, con un nudo en las entretelas. Estremecedor, con el vello aún de punta como cuando al finalizar la entrega de las medallas el cantante Arcángel nos hizo vibrar de emoción y con lágrimas en los ojos seguir su apasionada y poderosa voz para dar sentido al himno andaluz y reafirmar que somos pueblo libre, solidario, sin fronteras. De eso doy fe.

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