En solo 725 palabras...

Cruzados rojos

De cada ocasión salimos un poco más heridos para afrontar la estacionalidad

02.03.2016 | 05:00

Vaticino que ninguna cruzada será más larga y más voluntariosa y bienhechora que la de los cruzados rojos, esos cruzados que almados y desarmados velan por nosotros. Y los que estén allí cuando sea el momento de dar fe de mi pronóstico, lo harán. Ojo, que el que lo vaticina tiene en su haber una diplomatura en presagios y una licenciatura en augurios, por el sistema académico antiguo, y un grado en profecías y un doctorado en agüeros, por el nuevo sistema académico. O sea...

Los cruzados rojos de la gramática de mis letras hoy son neutros, y están acuartelados en Málaga. Y son cruzados, y no cruzados y cruzadas, para evitar el innecesario desdoblamiento que tanto ruido y tantas veces embrutece la armonía de la partitura de las palabras.

Hoy, aquí, los cruzados rojos son neutros, sí, pero ante la debilidad, el dolor, la injusticia, el abandono, el olvido, la crueldad y el desapego nunca fueron y nunca serán neutrales. Como no fueron ni serán neutrales ante el hambre y la necesidad y la soledad y el miedo y el desarraigo y la muerte... Los cruzados rojos malagueños son un poderosísimo pero liliputiense ejército de titanes en perpetua lucha sin cuartel contra las gigantescas huestes de la injusticia y la desgracia. Y nunca dan la espalda. Y siempre dan la talla en la batalla. Y, con motivo del día de Andalucía, el Gobierno andaluz no ha sido impasible y ha distinguido a la Cruz Roja de Málaga, reconociendo, así, a la institución y a sus cruzados. Y su presidente, que me premia y me engrandece con su amistad, en el acto solemne de entrega de la distinción, en su calidad de comandante en jefe de los cruzados malagueños, refiriéndose a ellos, dijo: «ahí siguen y ahí seguirán». Y esas cinco palabras llenaron la sala, porque viniendo de un caballero castellano de Albacete y referidas a quienes fueron referidas, son un extenso discurso brocado en oro indeleble que alienta y conforta y consuela... Y, en estos tiempos, ningún aliento es inane, ni insustancial, frente al agusanado y deletéreo tren en que viajamos. Gracias, Luis. Gracias cruzados rojos.

Los héroes de la cruzada roja siempre se distinguieron porque la luz que los mueve es una luz compartida y común a todos y cada uno de ellos. Cuando un cruzado rojo se identifica, ninguna explicación es necesaria. Nunca supe de deambulares errabundos en estos cruzados, y por ello siento la única envidia posible, la malsana. La envidia sana es solo una entelequia que pasta en el estólido lenguaje del saltimbanquismo social, sépase.

Orgasmillos mentales, repelucos agradables, calambrillos regocijantes, espasmos gustosos siento cuando pienso en la posibilidad de que nuestra industria turística obrara con el mismo foco de visión compartida con el que obran los cruzados rojos, que, de dentro afuera y de fuera a dentro, obran como los de Fuenteovejuna. Si los turísticos del terruño malagueño fuéramos cruzados de algún color, seguramente velaríamos por nosotros, invigilando nuestros devaneos con la fulgurante oportunidad que tantas veces nos ha hecho prisioneros del cortoplacismo trapacero. No han sido pocas las veces que el universo ha conspirado a nuestro favor haciendo que casi todo el monte fuera orégano para nuestro turismo –nuestra actual realidad da fe–, y de cada ocasión salimos un poco más heridos para afrontar la estacionalidad, esa consecuencia lógica a la que algunos mal llamamos cáncer, lastre, enemiga, castigo... Pobre criaturita mía... La estacionalidad

–la mala– no es más que la prueba de los polvos y los lodos, de la agonía y el saco, del cántaro y la fuente, y de la sinrazón de la razón. Por otra parte, el deseo de erradicarla de manera sostenible, es la quintaesencia de la aporía.

Ante determinadas situaciones limitantes y/o patológicas los individuos nos distinguimos por dos modelos: la negación, que acontece cuando los sujetos sabemos que algo malo ocurre, pero no queremos reconocerlo, por la repercusión emocional que ello acarrearía. Y la anosognosia, que responde a alteraciones neuronales que nos impiden tomar consciencia del mal. En síntesis, unos sabemos que algo pasa pero no queremos enfrentarnos a ello, y otros, por disfunción cerebral, no somos conscientes del mal.

La anosognosia se da poco en los turísticos, ergo?

¡Ay, si la luz que nos mueve a los turísticos fuera común, como la de los cruzados rojos...! Sí, sí, otro gallo cantaría...

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