La Mirilla

El pacto

02.03.2016 | 05:00

Vuelve el Atleti, Limasa rejonea y la corrupción se transparenta por todas partes como un palimpsesto al que apenas se le notan ya las costuras del lavado en blanco del somier. España se acostumbra a ser ácrata y ya a nadie, salvo el Ibex, le importa lo más mínimo quién va a gobernar. «Se puede ser normal con una ano artificial», rezaba un titular histórico en este periódico. Así que imagínense, queridos niños, con un gobierno en la interinidad-todo en la vida es interino y a veces, como Rajoy, se es, incluso, con mucha discreción-. Hay negociaciones, y la de la basura en Málaga es el ejemplo, que maceran el alma. Sobre todo, la del lector. Y otras, con hechuras de vodevil que se tornan antojadizas, hasta el punto de encriptarse y ser ya solamente accesibles para los redactores del sumario del 11M después de una noche loca de shawarma y chacolí. El lío es monumental y deja sobre el tapete un olor pajizo a puro y a falsa trascendencia, que es a lo que huele la historia cuando es impostada y tiene, en general, poco que decir. Pedro Sánchez, al que todos veíamos al principio como una especie de Andoni Ferreño sin habilidad comercial para el humor, le ha tomado gusto a la urdimbre. O, más bien, sus asesores, que estas cosas son siempre muy confusas entre los socialistas, donde casi todos se fueron después de apagar la luz a principios de siglo y sólo quedan asesores y estrategas, cada uno con su rebaño adiestrado y su cortejo de correveidiles, empezando por Susana Díaz, que es el ejemplo de lo lejos que puede llegar actualmente alguien en España con el cabildeo de pasillo y la promesa de hacer carrera en la administración. Ajeno a cualquier tipo de sensiblería, en el PSOE hace ya demasiado tiempo que la ideología es el pasado, una neblina lírica, una canción de Serrat, los socialistas se aferran a lo que pretendían: dejar que a Podemos no le quede otra que votar en el mismo sentido que el PP, aunque sea por motivos radicalmente opuestos. Sánchez está en el fondo deseando fracasar para contar en los mítines que es por culpa de Pablo Iglesias por lo que no gobierna la izquierda en este país, como en el fondo Rajoy también anhela hamletianamente que acabe ya su turno para convertirse en lo que siempre quiso ser: expresidente de Gobierno o consejero de Telefónica. Todos, por igual, perdidos en el carrusel en frío de las encuestas, quizá, a medio camino entre saber demasiado y no saber nada de quién les vota y, sobre todo, para qué.

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