A divinis

La medida de la profanación

03.03.2016 | 01:27

Rita Maestre, portavoz del Ayuntamiento de Madrid por Podemos, pidió durante su juicio disculpas por su actuación en una capilla de la Universidad Complutense a la que accedió en 2011 al frente de un grupo de mujeres y con los pechos al descubierto. Las crónicas también han relatado que la misma Maestre pidió una reunión con el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, y que, en efecto, fue recibida por este. En esa cita, anterior a la vista judicial, la portavoz pidió también disculpas y el mitrado se las aceptó. En declaraciones posteriores, Osoro manifestó que no justificaba los hechos, pero agregó que «todos hacemos cosas que después descubrimos que no debieran hacerse así o que deberíamos respetar otras cosas».

Todo aquel suceso y sus consecuencias judiciales remiten a varias cuestiones peliagudas. Por ejemplo, si han de existir o no las capillas universitarias, asunto que no está contemplado en los Acuerdos España-Santa Sede, sino que hasta el presente se ha resuelto mediante relaciones cabales entre las respectivas universidades y los obispados.

También incide el «caso Maestre» en esa posible falta de sincronía entre las leyes civiles (ella está acusada de un delito contra los sentimiento religioso), y las leyes religiosas, bien en su literalidad, bien en interpretaciones más o menos restrictivas.

Cabe anotar en este punto que en 1999 el vaticano Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos (el Código de Derecho Canónico), endureció el canon que versa sobre la profanación de la eucaristía, concretamente de su materialidad en las hostias. Hasta entonces, eran excomulgados quienes retuvieran o arrojaran hostias o vino consagrado, pero desde esa revisión se considera que lo mismo sucede si alguien, «sin sacarlas del sagrario, de la custodia o del altar, las hace objeto de un acto externo, voluntario y grave de desprecio».

Por tanto, es profanación, punible con excomunión, todo acto grave de desprecio a la eucaristía en su inmediatez o en su entorno, es decir, un templo o una capilla. No obstante, habría que calibrar la gravedad del acto de Maestre, pues tanto en sede judicial como en sede arzobispal ha declarado que su intención no fue la de herir los sentimiento religiosos, sino denunciar la existencia de capillas en la Universidad. Ahora bien, esta explicación del presente encaja mal con las frases que se escucharon el día de autos en la capilla de Somosaguas, que según los testigos fueron de este estilo: «Arderéis como en el 36», «el Papa no nos deja comernos las almejas», «menos rosarios y más bolas chinas», etcétera.

Dicho rápidamente, si alguien reclama que una capilla sea clausurada le basta con formular la petición en los órganos correspondientes y esperar una resolución ajustada a las leyes, pero no le hace falta invocar la «quema de iglesias», la doctrina católica sobre el lesbianismo o la administración de los placeres según los papas.

Sea como fuere, el caso es que el ambiente en la diócesis de Madrid ha llegado ya a tal nivel con su arzobispo Osoro, que una vez conocida la cita que mantuvo con Maestre se excitaron las interpretaciones más severas sobre lo que es una profanación y por ello el mitrado de origen cántabro fue calificado de blando, o de colaboracionista con Carmena, o de colega del Papa Francisco.

Esto puede parecer chocante, pues el mitrado habría ejercido un acto de misericordia y de perdón con la concejala de Podemos, y, en consecuencia, el clero madrileño tendría que haber mostrado respeto y admiración. Sin embargo, el pontificado de Osoro en Madrid está siendo extremadamente complicado y un altísimo porcentaje de los sacerdotes han desconectado con su pastor.

En consecuencia, la medida, o la cantidad, de profanación cometida por Rita Maestre no estaría tanto en función de los propios actos, sino de la aceptación del obispo que ha aceptado sus disculpas. ¿Qué quieren que les diga? Así de liante es a veces la Iglesia.

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