Tierra de nadie

La dichosa zona de confort

04.03.2016 | 05:00

Apenas se utiliza ya la expresión masa crítica, de moda hace algún tiempo y con la que los sociólogos se referían a la cantidad de gente que hacía falta para que sucediera algo. Quizá ha devenido obsoleta porque los sucesos más importantes de nuestra época ya no dependen de la cantidad. Veamos, el 10% de la población mundial posee los recursos del 90% restante. Como masa crítica, ese 10% es una basura comparado con el 90%, pero dispone de ejércitos, policías, medios de comunicación, universidades, además de cantidades notables de desvergüenza. No tengo ni idea, hablo por hablar, lo que sí sé es que la expresión ha pasado a mejor vida, al menos en los artículos periodísticos y en las mesas redondas de media tarde. A mí, la masa crítica me dio muchas esperanzas. Creía que si la pobreza aumentaba en la progresión geométrica que veníamos advirtiendo, los pobres podrían llevar a cabo una revolución incruenta. Bastaría con que alcanzaran una masa crítica tal que su mera presencia hiciera recapacitar a los más ricos. Pero los más ricos han recapacitado en el sentido contrario: se han dado cuenta de que pueden ser más ricos todavía. No importa la cantidad de refugiados, por ejemplo, que se agolpe ante una frontera, ni los niños que lleven de la mano, ni los ancianos que transporten a hombros. Basta con unos botes de gases asfixiantes para disolverlos. El dueño de la masa crítica es el dueño de los botes de humo. Dispones de tanta masa crítica como rifles poseas. Si bien desaparecen unas expresiones, nacen otras. Ahora se habla mucho de la zona de confort. Se nos invita desde todos los ámbitos a abandonar nuestra zona de confort, como si la mayoría habitáramos en un paraíso mental, pues zona de confort alude a una región del pensamiento. Vivimos en la zona de confort quienes pensamos que el salario mínimo no debería ser el que es o que las relaciones laborales no deberían ser las que son. Atendiendo a nuestro número, deberíamos constituir la masa crítica del mundo. En cambio, se nos empuja a abandonar esas ideas confortables, viejas, aseguran, para los tiempos que corren. ¿Está o no está todo patas arriba?

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