Cuaderno de mano

La codicia del yo

06.03.2016 | 05:00

La política está Babel. Ciegas sus palabras se enfrentan entre sí, haciendo imposible el diálogo en construcción. Nadie cede al otro la posibilidad de sumar la primera persona del plural de ser. Cada cual considera que su palabra es la luz y la ley. Nada sucede fuera de la codicia del yo. Entenderse con el otro ya no es una operación de lenguaje. No se busca compartir convicciones ni la función cooperativa en la resolución de problemas. Da igual que se trate de formar un gobierno eficaz y con talente Humanista, frente a la exigente realidad económica de la crisis y la necesaria defensa de derechos, libertades e igualdad social. O que la prioridad sea resolver el grave problema de la inmigración que está sacudiendo el árbol seco de Europa. En ambos casos, el poder y su lenguaje levantan fronteras y las atrincheran. La soberbia y la exclusión son el veneno que gangrena la función de servicio de la política y la convierten en el nido de la serpiente, en la ciénaga del pensamiento en debate.

Se corrompen las democracias, cautivas o aliadas de la impunidad económica de los mercados que han doblegado todos los códigos éticos de la vida y de su gobierno. Y se derrumba el coraje y el compromiso de los hombres cuando los débiles y los humillados requieren nuestro préstamo para vivir. En tiempos de crisis es más difícil ser solidario y transversal en la unión de objetivos y en los auxilios. Cada cual pone a salvo sus miedos o reclama su protagonismo convirtiendo a los demás en adversarios o en el zumbido de las moscas. Lo hemos comprobado esta semana con la propuesta de investidura y el bochornoso espectáculo de desprecio y animadversión, lamentables querencias de la vieja clase política a la que la nueva está añadiendo mayor teatralidad y nueva savia de agresividad. Actuaciones y besos de souvenir mediático que, en lugar de esperanzarnos en el cambio, aumentan nuestro escepticismo e incluso la disidencia.

Más alarmante y vergonzoso, porque nos salpica a todos y no existe evasiva ni justificación alguna, es la gestión que está haciendo Europa de la inmigración que nos ha estallado dentro. La marabunta, provocada por la clandestinidad de los negocios privados de los Estados, que sigue llegando a las orillas que se amurallan. Siete países han reinstaurado controles fronterizos. Dinamarca aprobó esta semana una ley para requisar las pertenencias de los refugiados, y miles de personas duermen en la frontera entre Grecia y Macedonia, acosados por la presión policial y la grave escasez de productos de primera necesidad. En Polonia y República Checa se extienden los mensajes xenófobos. En Eslovaquia el socialdemócrata, Robert Fico, propaga en su campaña electoral carteles con el lema «Protegemos Eslovaquia» y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, envía un contundente mensaje. «No vengáis a Europa». Hace un año llamó a la urgencia humanitaria. Desde hace seis meses la prioridad es vigilar las fronteras.

El panorama puede empeorar a partir de mañana. La cumbre de Jefes de Estado de la Unión Europea pretende denegar el acceso a todos los inmigrantes sin derecho al asilo. Igualmente decidirán a favor del cierre de fronteras interiores hasta noviembre y devolver a Grecia a todo el que se cuele. Votarán a favor los mismos 28 que aceptaron en septiembre redistribuir por toda Europa las 160.000 personas llegadas a Grecia e Italia. Únicamente 15 países han ofrecido, entre todos, 1.081 plazas. Todos admiten y consienten que Grecia acabe sacrificada como un gigantesco suburbio caliente donde los refugiados se quedarán esperando años antes de poder llegar a otros destinos en la UE. No cabe duda. Se ha establecido una competición europea para ver qué país es el más inhóspito y reduce más y mejor las solicitudes de asilo. La sombra de los otros hace ruido porque el hambre grita, y la esperanza aúlla. Ante su voz desesperada y superviviente, al igual que frente a su indefenso silencio, los ultras de Los Soldados de Odín, recorren las calles de Estocolmo en una cacería del zorro contra los inmigrantes musulmanes, y distribuyen beligerantes panfletos amenazando a los niños refugiados.

Ellos, los niños, son las víctimas que deberían movilizarnos en grito el estado durmiente del alma. El año pasado, según datos de Save the Children, llegaron a Europa cerca de 26.000 menores sin acompañamiento, del total de los 270.000 niños que huyeron de zonas de conflicto. De ellos 10.000 han desaparecido. Sólo en Italia se ha perdido el rastro de 5.000 menores; otros 1.000 no están en las estadísticas de Suecia. Brian Donald, de la Europol, cree que han caído en manos de mafias, creadas hace 18 meses, con epicentro en Hungría, el centro de tránsito desde el que las redes reciben a los menores procedentes de Italia y Suecia y los distribuyen por el continente. Es imposible no acordarse de La ciudad de los niños perdidos de Jean Pierre Jeunet y Marc Caro, en la que el malvado Krank raptaba niños para robarle los sueños. La realidad es más cruda. A los de carne y hueso los venden como esclavos sexuales. A otros para la explotación laboral. El diario británico, basándose en una queja de la organización Business and Human Rights Resource Centre, publicó esta semana que los proveedores de dos de las más grandes cadenas de moda que operan en Europa están obligando a los niños sirios a trabajar en fábricas en Turquía.

Diez mil niños son muchos niños como para que Europa no haga nada. Mi amigo Javier Álvarez quiere movilizar a sus viejos conocidos del mundo del cine para promover una campaña que despierte la conciencia larvada de la gente y la movilice. Rafael Alvarado, también amigo y pintor rebelde, lleva años delatando en grises al óleo el drama de estas criaturas emborronadas. Entre ellas no hay que olvidar a las niñas y mujeres que, desde el inicio de la guerra de Siria y el éxodo, son violadas en grupo, como denuncia Anna Crepet, de Médicos sin Fronteras. Nada provoca que Europa reaccione. Sus instituciones y sus gobiernos sólo están pendientes de la prima de riesgo y de la austeridad de las políticas que a todos nos hacen infelices, y cada vez más insensibles. Lleva razón el escritor Hanif Kureishi cuando afirma que el fundamentalismo financiero es la verdadera religión que se procesa en el mundo.

No sé si el diablo se ha frotado tanto las manos, como lo hace ahora. Pero tengo muy claro que debemos rebelemos contra el neoliberalismo dominante. Nuestro único futuro, al igual que la concordia y la felicidad, dependen de que frente a la codicia del yo seamos capaces de construir una política, una cultura, y una Europa del nosotros.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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